21 sep 2020

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ANÁLISIS

Ansu Fati celebra su gol a Osasuna, que le convierte en el goleador más joven de la historia del Barça.

AFP / ANDER GILLENEA

Ansu Fati, el niño que busca derrotar a la industria

Albert Guasch

El despegue de Ansu Fati puede verse como una respuesta a los que cogen aviones con ideas caras

Fue marcar Ansu Fati y acordarse irremediablemente de Neymar. Por contraste drástico. La emoción del adolescente que emerge precozmente y busca su sitio para forjarse una carrera frente al futbolista mercantil que reclama por capricho un nuevo traspaso multimillonario que ufane a los comisionistas. Es uno contra el otro, porque todos no caben. Y una de las maravillosas satisfacciones que proporciona el barcelonismo consiste en empatizar con el que sube, con el que despega, que le salga bien el primer regate, que muestre aplomo, que los nervios no le estrujen la garganta ni le agarroten las piernas, y que los adultos le pasen el balón. Y si marca, y si encima mete la pelota en la portería, digamos que con una poderosa rotación de la cabeza, se comparte su alegría, y la de su padre, el que dijo con el orgullo en desbocada erupción que ya se podía morir tras ver debutar a su hijo en el Camp Nou.

Ansu Fati se convirtió en la mejor noticia del desigual tirando a insuficiente partido de la escuadra de Valverde en Pamplona. También fue estupenda la recuperación de Arthur. Cambió la pinta del equipo en El Sadar. Con él en forma el Barça desplegó el juego más convincente la temporada pasada. Lo que ocurre es que no siempre pareció centrado en lo que debe, de ahí que el club le diera un toque de atención al iniciarse la actual campaña. Se le necesita, y más mientras De Jong no se acaba de adaptar. Implora el holandés la paciencia de todos. 

Irrupción inesperada

El chico de 16 años de Guinea-Bissau, al que al parecer asesora Rodrigo, un hermano de Messi, ha irrumpido de forma huracanada en este arranque de temporada. Nadie contaba con él. Por supuesto que no, si debería estar escuchando las instrucciones de Víctor Valdés en el Juvenil A y no de Ernesto Valverde, decidido a tutelarle en sus primeros pasos en el fútbol de los mayores. No era tan fácil apostar por él ayer como en el Camp Nou, con la goleada ya en el saco. 

En este inicio marcado por las ausencias de Messi, Suárez y Dembélé, Ansu Fati se ha convertido en el reverso de la moneda de Neymar. Podría serlo también Carles Pérez de no haberse descoordinado cuando tenía el tercer gol a punta de caramelo. Ansu Fati representa la puesta en escena juvenil casi infantil, la pureza, el entusiasmo desbordante, el palpitante atrevimiento. Y representa también una respuesta a aquellos que cogen aviones con propuestas desmedidas para seducir al que se marchó con la máxima deslealtad. Plantea de alguna manera un pulso a la opulencia de la industria. Tapó incluso a Griezmann, al que se le pedía que volviera a tirar del equipo como ante el Betis y, en cambio, no disparó ni una vez a puerta. No fue el suyo un partido para tirar confetis precisamente.

Pronto sabremos cómo acaba al fin el embarazoso folletín de Neymar. Mañana por la noche. Por el bien de Fati y de cierta pureza, el resultado deseable solo puede ser uno.