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OPINIÓN

La Rambla de Barcelona, llena de gente paseando.

efe / Alejandro garcía

Barcelona ante el espejo

Jaume Collboni

Barcelona no puede convertirse en un aparador europeo de las mafias globales

Suelo recurrir a Eduardo Mendoza para referirme a Barcelona como la ciudad de los prodigios.

Este término define a la perfección el pulso de una Barcelona en la que todo acontecía, centro cultural iberoamericano, ciudad europea de vocación, con una potente identidad cultural catalana y abierta al mundo.

Años más tarde de acuñar fortuna con este término, Barcelona ha adquirido su plena condición de ciudad global.

Ser una ciudad de éxito tiene oportunidades y amenazas que debemos administrar con el horizonte de la prosperidad inclusiva, la cohesión social y la defensa del bien común.

El éxito de la operación olímpica, la recuperación del litoral y la consolidación de grandes eventos como el MWC nos han posicionado como una de las ciudades más visitadas, más deseadas para vivir o más vibrantes desde el punto de vista digital.

Sentimiento de pérdida

A pesar de ello, cuando llegan los meses de verano, hace años que este éxito se torna  en  un melancólico, cuando no explícito, sentimiento de pérdida  y son muchos los barceloneses que piensan que la ciudad se les escapa de las manos.

Barcelona, en primer lugar, debe ser una ciudad para vivir, una ciudad para los barceloneses y barcelonesas, los nacidos aquí y los que lo son por decisión propia.

No hay ciudad que aspire a ser atractiva, ni querida y ni defendida  en el mundo sin serlo, previamente, por sus propios ciudadanos. Sus auténticos propietarios.

De lo contrario se corre el riesgo de convertirse en un parque temático al vaivén de los flujos del capitalismo  global.

Estas amenazas no pueden, sin duda, justificarse bajo el paraguas exclusivamente del éxito internacional de nuestra ciudad y deben atajarse de raíz para proteger la convivencia especialmente en los barrios y sectores más vulnerables de nuestra ciudad.

Es por ello que Barcelona no puede convertirse en un aparador europeo de las mafias globales, aquellas que trafican con drogas, personas, o productos falsificados.

No es una cuestión estética, es una cuestión ética, acorde con los valores democráticos y progresistas de nuestra ciudad.

Tampoco podemos convertirnos en un espacio sin normas para plataformas digitales que en forma de apartamentos ilegales,bicitaxis o patinetes actúan en el espacio público aprovechando los beneficios de una economía abierta como la nuestra y la debilidad regulatoria de las instituciones locales.

En democracia el espacio público compartido es a la vez la medida y objetivo prioritario de una ciudad equitativa y con  calidad de vida.

Garantizar la convivencia

Por esto, este mismo verano todo el gobierno municipal se encuentra inmerso en un operativo para garantizar la convivencia en el espacio público.

No hay progreso sin orden ni convivencia. Y la prioridad de este gobierno sigue siendo la agenda social.

Se trata un camino de largo recorrido, pero que como todo buen viajero sabe, lo importante es perseverar paso a paso, sin estridencias pero con firmeza.

Administrar las amenazas ligadas a nuestro éxito, forma parte también de una agenda más amplia donde aspectos como la vivienda y la defensa de los servicios públicos como la educación o la sanidad se encuentran en la cabeza de nuestras prioridades. Insisto, Barcelona una ciudad para vivir.

Una tarea que debemos liderar desde el gobierno de Barcelona, pero que no podemos acometer solos. Hace falta el concurso de todas las administraciones.

Se trata de una acción que no entiende de colores políticos porque todos, colectivamente, somos parte del éxito que nos ha llevado hasta aquí y nos corresponde a todos, por igual, administrarlo con responsabilidad. Ayuntamiento, Generalitat y Estado deberemos ir de la mano.

Una ciudad ordenada requiere, a su vez, de instituciones estables, que abandonen el Dragón Khan en el que se ha convertido la política barcelonesa y catalana y lo substituyan por una dinámica de cooperación y estabilidad a medio plazo.

A la competición electoral legítima, le debe preceder una cooperación política e institucional necesaria.

Por ello, el nuevo gobierno municipal que justo empieza a andar  va a requerir de mano tendida con todas las fuerzas políticas para hacer gobernable Barcelona y también el conjunto del país.

Nosotros predicaremos con el ejemplo ofreciendo colaboración a las demás instituciones y a todos los partidos políticos.

En los próximos meses habrá la oportunidad de demostrar esta nueva etapa de dialogo con hechos.

Hagámoslo posible porque Barcelona siga siendo, al mirarnos ante el espejo, la ciudad de los prodigios.