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Extrema derecha

El péndulo ultra

LEONARD BEARD

El péndulo ultra

Cristina Manzano

El avance del populismo ultraconservador no es ni generalizado, ni homogéneo, ni incontestado. Allá donde se ha hecho fuerte, se ha encontrado con la reactivación de una sociedad civil

Al presidente norteamericano le importan poco las reprobaciones y la repulsa que recibe por sus comentarios racistas, ya sea contra congresistas demócratas o contra inmigrantes latinos. A base de insistir y a golpe de tuit, Donald Trump ha logrado ya tres cosas: distraer la atención -de las declaraciones del fiscal Mueller, por ejemplo-; fijar claramente los objetivos de sus ataques -mujeres, negros, latinos, inmigrantes, musulmanes-; y naturalizar el discurso racista en un país que lleva décadas tratando de erradicarlo.

Es preocupante, porque el lenguaje es la antesala de la acción, pero Trump no es el único. Otros colegas en la internacional ultra populista han roto también la barrera de lo hasta hace poco políticamente correcto, esgrimiendo como bandera una libertad de expresión mal entendida. Salvini, llamando “carne humana” a los inmigrantes, o Bolsonaro, afirmando que “los negros no sirven ni como reproductores”. La historia ya ha pasado por ahí. Es el modo de deshumanizar al otro, de quitarle su dignidad.

Modificación del discurso político

Sin duda, uno de los 'logros' de los movimientos de la extrema derecha a ambos lados del Atlántico. Pero tampoco es el único. Otra consecuencia colateral es cómo modifican el discurso político, introduciendo temas que no estaban en la agenda ni figuran entre las prioridades de la ciudadanía. En Europa, el de la inmigración es el que mejor lo ilustra.  Es, desde hace años, el fantasma que los populismos han colocado en el centro de todas las campañas. La última, la de las elecciones europeas, pese a que según una encuesta de ECFR y YouGov, solo un 15% de los ciudadanos de la Unión considera la inmigración una amenaza. Lo demás es ruido; y ruido interesado.

Al final todo redunda en la ruptura de la confianza en la política y las instituciones, y en el aumento de la polarización. La realidad simplificada a un juego en blanco y negro, sin matices. Una espiral que lleva a la erosión de la democracia.

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Además de estos impactos transversales sobre actitudes y narrativas, el ascenso de los partidos ultras está teniendo consecuencias concretas traducidas en leyes o iniciativas de diverso cuño, que atacan derechos civiles, sociales y medioambientales.

Empezando, otra vez, por la inmigración. Trump, con su instrumentalización de la política económica y comercial para frenarla -llámese muro o apretar las tuercas (económicas) a México-, o la separación de menores de sus padresOrban, con su cierre de fronteras o su separación étnica en las escuelas para lograr una Hungría solo para húngaros; Salvini, con el cierre de los puertos italianos a los barcos de refugiados, o la criminalización de la ayuda. Por no hablar del impacto que están teniendo sobre la fallida política migratoria de la Unión Europea.

Otro campo que se está viendo directamente afectado es el de la igualdad de género y los derechos de las mujeres y de las comunidades LGTBI. En Polonia, por ejemplo, el aborto se ha convertido en un caballo de batalla. En Rusia, una ley reciente ha redefinido hasta trivializarlo el concepto de violencia de género. En Hungría, los estudios de género han sido excluidos de las universidades, pues forman parte de lo que denominan “ideología de género”. Donde esta idea es más fuerte, sin embargo, es en diversos países de América Latina, empezando por Brasil. Allí, las fuerzas ultraconservadoras -estén o no en el poder-, apoyadas por las iglesias católica y evangélicas, han lanzado una cruzada contra el “adoctrinamiento ideológico” para extender la "homosexualización" y la "depravación".

La retirada de Estados Unidos de los acuerdos de París o el giro en las políticas de protección del Amazonas y de las comunidades indígenas son solo dos de los muchos ejemplos de cómo ha cambiado, con la llegada de sendos populistas al poder, el compromiso con el medio ambiente. Y con la justicia, con la educación…

Es imposible predecir si todo esto forma parte del péndulo de la historia, que se inclina ahora hacia la derecha y más allá, o si es una tendencia de más largo alcance. En cualquier caso, el avance del populismo ultraconservador no es ni generalizado, ni homogéneo, ni incontestado. Allá donde se ha hecho fuerte, se ha encontrado con la (re)activación de una sociedad civil que, si no puede parar todos los embates, al menos trata de poner freno a muchos; y ha chocado también con unas instituciones, nacionales o comunitarias, en el caso de Europa, que cumplen su misión de obstaculizar el abuso de poder. En ellas reside la capacidad real de impedir que quien llega a él consiga acabar minando el sistema democrático.

*Directora de Esglobal