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No contarlo todo

No contarlo todo

Lucía Lijtmaer

Hace apenas un día estuve cenando en un restaurante en Barcelona. Es un restaurante bonito, agradable, dónde se come muy bien. Hacía tiempo que no iba, y me sorprendió -o no tanto- que estuviera lleno de turistas. La persona con la que cenaba me advirtió que tenía que ver con que había salido una buena reseña sobre el restaurante en una revista importante. Pero esta no es una columna sobre la turistificación de la ciudad.

Hace apenas diez días estuve en un festival musical en una antigua base militar aérea rusa, en un campo en el norte de Europa. Funcionan sin publicidad, sin apoyo mediático, con más de tres mil voluntarios que trabajan en turnos de seis horas, y con un 'line up' artístico que no se conoce cuando las entradas ya están sorteadas en su totalidad. No se pueden comprar por la alta demanda. Su recaudación se destina a proyectos sociales y culturales. Hasta muy recientemente, la relación del festival con la prensa era compleja. El festival tiene más de veinte años de historia, y junta a más de setenta mil personas.

Todo lo individual es importante pero también toda experiencia es turificable

Tras tres días allí, cuando quiero contar lo que vi, me resulta muy complicado. Sé lo que vi, pero me resulta muy difícil ponerlo en palabras. Sé que había pistas de patinaje dónde vi a niños bailar foxtrot. Sé que había escenarios hechos de madera y palmeras. Sé que vi habitaciones minúsculas forradas de terciopelo, dónde tumbarse a descansar. Sé que había charlas, debates, proyecciones, y que en ningún momento me empujaron para conseguir una cerveza, ni para ver un concierto. De hecho, no me empujaron en todo el fin de semana.

En estos días que se habla de los festivales como experiencia y se debate sobre su crecimiento, me resistía a contar lo que a todas luces había sido, para mí, una excelente experiencia como espectadora. Aún lo hago. Me resisto a nombrar, a contar, porque vivimos en una era en la que todo lo individual es importante pero también toda experiencia es turistificable. La paradoja: cuando más importante es informar y explicar las buenas prácticas, entra la duda. Porque resulta que no contarlo todo se ha convertido también un acto de resistencia.