Dos miradas

Las patrias y el mar

Salvar vidas es moralmente superior a cualquier orden administrativa a través de la cual se quiera imponer el odio y la exclusión

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Carola Rackete, capitana del barco Sea Watch.

Carola Rackete, capitana del barco Sea Watch. / Reuters

Hölderlin, que tradujo 'Antígona', dice que ella venera un dios ligado a la sangre, a la filia, y que Creonte, el poderoso a quien se enfrenta, se somete a un cuerpo frío, la estatua inexpugnable de la ley. La esencia de la tragedia es la confrontación entre la patria de la lealtad (obedeciendo las normas que "no son de ahora ni de ayer, sino que siempre han tenido vigencia") y la patria que se fundamenta en una legislación positiva, es decir, coyuntural. En la primera patria, la de los arrebatos, las lecciones perennes e inamovibles del sagrado no admiten contextualizaciones; en la segunda, el faro de la conducta es la locura que proviene de la sacralización del instante contemporáneo.

Nos fijamos en Antígona al hablar de casos como el de Carola Rackete, la capitana del 'Sea Watch'. Salvar vidas es moralmente superior a cualquier orden administrativa a través de la cual, como si fuera una vulgar literatura gris de expedientes, se quiera imponer el odio y la exclusión. Valores que están siempre ahí contra leyes circunstanciales. Quizá por eso, la jueza Vella, de Agrigento, concluyó: "La comandante tenía la obligación de salvar las personas socorridas". Y dejó marchar a Carola.