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ANÁLISIS

Segura, Abidal y Mestre, en una rueda de prensa del 2018.

Bartomeu, un poquito más cerca de Florentino

Albert Guasch

El presidente azulgrana resuelve la crisis abierta por Mestre acaparando poderes como el presidente blanco

Detrás de la accidentada curva de Anfield se esconde la recta final de una presidencia. Parece como si Josep Maria Bartomeu se hubiera percatado de que el tiempo se le escurre y su obra requiere de grandeza de resultados para dejar un bonito relato a sus historiadores. Le quedan dos años. Es el momento de acometer acciones atrevidas para embellecer el legado.

En EEUU el inquilino de la Casa Blanca suele llegar a estas alturas de la presidencia pensando ante todo en qué méritos expondrá en la librería que se construya en su honor, generalmente en su localidad natal. Algunos han tratado de resolver el inasible conflicto de Oriente Próximo. Otros retirar unas tropas de un país lejano y que ya nadie recuerda por qué estaban ahí. En fin… Lo que toque en cada contexto.

El legado, en todos los ámbitos, apela a la vanidad de cada mandatario, a la necesidad de sentirse reconocido, que los esfuerzos de cada día y las noches de mal dormir no queden sepultados por escándalos banales. En el ámbito deportivo, ante todo se cuentan títulos. Y en el Barça, aún más. Es fácil. ¿Cuántas Ligas? ¿Cuantas Champions? Y a partir de ahí se construyen análisis.

Inesperada dimisión

Bartomeu tiene una reforma del Estadi encarrilada. Eso sumará, si se resuelve bien. Y un buen listado de ligas. No se trata de pasar ahora balance. Ya habrá tiempo para eso más adelante. Pero necesita Champions. Y hay asuntos que le urgen recomponer. Para empezar, la paz interna. Y luego, qué sentido le da a su proyecto deportivo, confuso hasta el punto de desorientar a propios y extraños. No solo por Griezmann o por Neymar, que también. 

El mandatario azulgrana pega cada año un zapatazo al suelo y abre un agujero por el que se cae un director técnico

La inesperada dimisión de su buen amigo Jordi Mestre ha expuesto de forma descarnada un conflicto interno precisamente sobre la linea deportiva emprendida por el Barça. En el foco, Pep Segura, el manager general, al parecer tan cuestionado dentro del club como claramente lo es fuera.

Mestre era el único valedor firme que le quedaba a Segura. A la vista de los precedentes, Bartomeu no resulta un respaldo tan tranquilizador. Como aquellos ogros de las películas de Pixar, cada año suelta un tremendo zapatazo que pone a temblar el suelo y por el agujero negro que se crea cae un secretario técnico. Habrá que construir un muro de memoria ante tanta víctima en acto de servicio.

El destino de Segura parece destinado también a ser engullido sin misericordia ante las discrepancias abiertas sobre su gestión en el primer equipo, en el B y en la Masia. Quizá el gran sacrificado para las masas que, semanas después, ofrecerá Bartomeu por el drama de Anfield. Se abre un periodo de reflexión sobre su cabeza.

No se le puede reprochar a Segura el recuperado interés por contratar al caprichoso Griezmann. Ni los inquietantes flirteos a través de intermediarios por el conflictivo Neymar, aunque el presidente vaya dejando entrever que la operación no se cerrará por falta de verdadero interés del PSG en dejarle marchar. ¿Quién lo iba a decir? El jeque de repente convertido para muchos barcelonistas en un aliado.

Ambos casos llevan el sello de Bartomeu, dispuesto a todo para resarcirse de tantos sinsabores europeos. No solo en el fútbol. Ahora, como si fuera Florentino Pérez, que no necesita director técnico, se encuentra ostentando todos los poderes. Presidencia, vicepresidencia deportiva, señalador y negociador de los fichajes... Es como si, de repente, se fiara solo de sí mismo para forjar su legado.