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MIRADOR

Carles Puigdemont y Artur Mas.

Mas dentro, Puigdemont fuera

Xavier Bru de Sala

La estrategia de tensión de Puigdemont es un chollo para las aspiraciones hegemonistas de Junqueras

A la vista de la desautorización a los partidarios del 'no' a Pedro Sánchez por parte de Artur Mas, se puede aseverar el pacto Puigdemont-Mas (uno fuera, el otro dentro), comienza con buen pie. No hay que buscar la explicación en las visiones de cada uno de los dos, por supuesto que divergentes, sino en los resultados de la pasada ola electoral. Para explicar el fracaso de Puigdemont a la hora de crear un partido a su alrededor hay que remontarse a su victoria contra pronóstico en la noche del 21-D. Aquello le euforizó, pero ha tenido que ocasionar serios daños entre sus afines para darse cuenta de que no dispondrá jamás de un partido a medida. El fracaso de la Crida ha dejado muy dañado el espacio convergente y ha contribuido a erosionar de manera irreversible los cimientos del PDECat.

No hay que ser un primer espada para extraer la lección esencial de las urnas. El independentismo apoyó a Puigdemont en su batalla exterior, pero sentenció que dejara de meterse en política interior, bajo pena, podríamos añadir si una pequeña maldad fuera permitida, de convertirse en pintoresco agente secreto de ERC. La estrategia de la tensión propiciada por Puigdemont es un chollo para las aspiraciones hegemonistas de Oriol Junqueras.

Que JxCat haya quedado mucho más atrás de ERC de lo que nunca habrían pensado sus peores enemigos es lo que Artur Mas se dispone a intentar revertir. Misión casi imposible, tal vez ni siquiera al alcance del mejor político que ha jugado en el campo catalanista en los últimos 50 años, y aún me quedo corto. Mas lo tiene todo en contra. Un partido a punto de escisión, un pasado demasiado cercano a la familia Pujol, la corrupción de CDC, haberse erigido en campeón de los recortes y haberse dejado depositar a la papelera de la historia como un corderito a las órdenes de la CUP.

A favor, Mas tiene que los dirigentes designados por Puigdemont son, por decirlo con franqueza, más malos que la pimienta. Para hacer política hay que estar preparado. Para hacer política hay que andar acorazado. La política no es para las almas de cántaro y los lirios en la mano, y menos en las muy adversas circunstancias que atraviesa el independentismo. Mas es un fuera de serie lastrado por el pasado, rodeado de mediocres (los buenos, se los cargó Puigdemont) y con una pared casi vertical delante.

El primer resultado del pacto de reparto de funciones es la unidad de acción con ERC en Madrid. El objetivo no es esta unidad, sino profundizar en la división, recuperar terreno y tratar de mantener la presidencia de la Generalitat aprovechando que ERC no tiene candidato mejor valorado y viable. La unidad de acción inicial en Madrid no pasa de efecto secundario. Mas está convencido de que Junqueras tiene razón. La tensión es un chicle que se adelgaza más y más cuando lo estiras. Puigdemont ha dejado colgados los que continuaban tironeando. Es un primer paso, el reconocimiento implícito del fracaso del doble disparate de querer liderar el independentismo contra los suyos, que son los convergentes de toda la vida y de proseguir el combate cuando ha sonado el gong del final del asalto.