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Editorial

Un final de curso accidentado

El colapso del sistema informático de Educació ha causado un estrés injustificable en profesores y familias

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El Periódico

Un grupo de chavales de Secundaria entran en el Instituto Can Peixauet para recibir sus notas. 

Un grupo de chavales de Secundaria entran en el Instituto Can Peixauet para recibir sus notas.  / ALBERT BERTRAN

El curso acabará en muchos centros de secundaria catalanes sin que los alumnos puedan recibir sus notas por escrito, tras el colapso, iniciado ya a principios de mes y que aún no se ha solucionado, de la plataforma informática Esfera, una aplicación diseñada y gestionada por una empresa externa al Departament d’Educació. Que alguna cosa no funcionaba en este programa que por primera vez han utilizado los profesores de los institutos empezó a verse en la primera semana de junio. No parece que la reacción de Educació, que este lunes limitó el acceso al sistema a los miembros del equipo directivo y desde los propios centros en un intento de encauzar el colapso, haya sido suficientemente ágil. Pero al margen de cuál ha sido la respuesta a las incidencias, que un sistema que debe dar servicio a 1,1 millones de alumnos y 80.000 educadores de 2.800 centros públicos se colapse por el hecho de que lo utilice el número de usuarios para el que debía estar dimensionado desde su concepción en el 2015 parece indicar que o bien hubo un error de diseño, en una adjudicación que merecería ser analizada, o bien no fue dotado de los medios necesarios para su correcto funcionamiento. Que haya sido necesaria la movilización de 40 técnicos para resucitar un sistema que según los sindicatos solo era mantenido hasta ahora por cinco personas indicaría que estaríamos de nuevo ante otra evidencia de las estrecheces en que se mueve el servicio público educativo, y la administración catalana en general, después de aplicar una política de recortes que no se ha revertido.

El cierre del curso en secundaria se ha visto complicado con la aplicación de un nuevo formato de evaluación, la supresión de los exámenes de septiembre y su desplazamiento al mes de junio. Unos cambios que han obligado a avanzar las calificaciones iniciales, habilitar un periodo de recuperación y alternativas para los alumnos sin suspensos y realizar y corregir exámenes finales, todo ello condicionado por la presión generada sobre docentes y familias por el fiasco informático. En algunos casos se tendrá que renunciar a una práctica tan elemental como la posibilidad de comentar las notas finales con las familias.

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Todo el episodio aparece como una consecuencia más de un Govern en régimen de piloto automático, sin que la gestión de los servicios públicos parezca ser la primera de sus prioridades como demostró con la renuncia a la tramitación de unos presupuestos que dotaban de más recursos a una administración acuciada por las carencias de personal y medios.