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Sexismo histórico

El aquelarre de la desigualdad

El aquelarre de la desigualdad

Olga Merino

Los nuevos feminismos reivindican la figura de la bruja contra el neoliberalismo y los roles de género

Historia y ficción se han encargado durante años de trasmitir el imaginario de la bruja y su poder maléfico: una mujer huraña y cruel, fea y canosa, montada sobre su escoba voladora, capaz de meterse en el interior de los hogares para devorar niños o bien yacer entre las sábanas de jóvenes castos con el fin de extraerles toda su energía en el desenfreno lúbrico de la carne. Féminas fuera de la norma, en los márgenes de la sociedad. Pues bien, los nuevos feminismos vienen reivindicando la figura de la hechicera en su lucha contra los desmanes del capitalismo y en la defensa de una mujer independiente, liberada de determinismos sociales. La última aportación al respecto es un ensayo de la periodista francosuiza Mona Chollet de reciente publicación: 'Brujas. ¿Estigma o la fuerza invencible de las mujeres?' (Ediciones B).

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Chollet (Ginebra, 1973), jefa de edición de 'Le Monde diplomatique', parte de fenómenos históricos espeluznantes, como la caza de brujas en el arranque de la edad moderna, para transformar su rastro en una original metáfora feminista: “Hoy en día, cuando las mujeres tienen la ‘desgracia’ de ser demasiado competentes en el terreno laboral o demasiado liberadas sexualmente, y que además no desean tener hijos, ya no son quemadas en la hoguera, pero son objeto de la misma vieja desconfianza y padecen siempre múltiples violencias sexistas”.

Crimen misógino en masa

Se calcula que en Europa, sobre todo en Alemania, Inglaterra y Suiza, y en ciertas partes de Norteamérica, entre 50.000 y 100.000 personas fueron acusadas de brujería y ejecutadas desde el siglo XV hasta el XVIII, y aun cuando muchos historiadores se resisten a aceptar el hecho de que fue un crimen misógino en masa, lo cierto es que el 85% de los ajusticiados eran mujeres. La escabechina no tuvo lugar durante el oscurantismo de la edad media, como parece haberse grabado en la conciencia colectiva, sino en pleno Renacimiento, cuando se establecen las bases para la transición al capitalismo y el inicio de la expansión oceánica y la conquista de América.

El nuevo ensayo de Chollet redescubre tres tipos de 'hechiceras': la mujer sin hijos, la mujer vieja y la mujer independiente

En este sentido, el trabajo de Chollet bebe de un ensayo anterior y fundamental, 'Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria' (2004). En él, la feminista ítalo-norteamericana Silvia Federici vincula la caza de brujas con la privatización de las tierras antes comunales —lo que en Inglaterra se llamó 'acotados'—, adonde se podía llevar a pastar el ganado, recoger leña o recolectar hierbas. El proceso perjudicó sobre todo a la mujeres, en su abrumadora mayoría de las clases populares, condenándolas a la práctica mendicidad. La mayoría de las víctimas eran viudas, ancianas sin hijos, féminas pobres, dependientes de las limosnas de los vecinos y resentidas por su marginalización: el estereotipo de la bruja. Según la tesis de Federici, mujeres, esclavos y pueblos colonizados debían proveer recursos y mano de obra gratuita para la instauración del capitalismo.

Sanadoras y curanderas

También existe una coincidencia histórica entre la caza de brujas y el advenimiento de la medicina moderna —y su inicial monopolio masculino—, que precisó desplazar a sanadoras y curanderas, toleradas antes por la comunidad, porque su experiencia en la asistencia a partos y sus conocimientos para provocar abortos reemergieron como actos diabólicos, y había que poner coto a tamaño poder. Curiosamente, en España hubo pocos procesos contra la superstición y la brujería. Como bien señala Pilar Pedraza en 'Brujas, sapos y aquelarres' (2014), la Iglesia y el poder temporal estuvieron siempre más ocupados en perseguir y masacrar a los herejes y a “trabajadores honrados y a buenos cultivadores de la tierra”, como los judíos y los moriscos.

Chollet recoge toda esta estela y esboza tres tipos de ‘brujas’ en la actualidad: la mujer que no ha querido tener hijos, la mujer vieja que se resiste al exorcismo de la cirugía estética y la mujer independiente, la que se zafa de la esfera doméstica. Recuerda la ensayista que el feminismo ya enarboló la figura de la hechicera en los años 70, cuando surgió, en Nueva York, el movimiento WITCH (bruja, en inglés), cuyas siglas se traducen como Conspiración Terrorista Internacional de las Mujeres del Infierno, un colectivo que venía a proclamar lo siguiente, más o menos: si tanto nos teméis, si las mujeres tenemos esa fuerza, si pretendéis relegarnos a los roles tradicionales de género, pues, bien, vamos a reivindicar el estigma de la bruja.

Así, no es de extrañar que, en Francia, durante las manifestaciones contra la reforma laboral de 2017, el grupo Witch Bloc desfilara detrás de una pancarta que rezaba: 'Macron au chaudron' (Macron, al caldero). O que en Estados Unidos se organicen aquelarres periódicos para hechizar a Donald Trump bajo el estandarte de #MagicResistance, conjuros que, de momento y por desgracia, no han surtido efecto alguno. Viejas banderas para las luchas de siempre.