Ir a contenido

ANÁLISIS

Un manifestante palestino herido es evacuado de la valla fronteriza durante los enfrentamientos con las fuerzas israelís al este de la ciudad de Gaza el pasado 1 de mayo. 

MAHMUD HAMS (AFP)

La frivolidad eurovisiva israelí en medio de la 'Nakba' palestina

Jesús A. Núñez Villaverde

Más de 200 millones de telespectadores deben autoconvencerse de que es exclusivamente de un festival musical y que no se debe mezclar con política

Podemos hacer como si no pasara nada. Como si la ONU, en lugar de conceder al movimiento sionista el 56% de la Palestina histórica administrada por los británicos (cuando los judíos solo suponían en aquel momento el 30% de la población) hubiera decidido en 1947 un reparto acorde con el peso demográfico de cada comunidad. Como si desde su creación, el 14 de mayo de 1948, Israel no hubiera llevado a cabo una operación programada de limpieza étnica, expulsando a más de 700.000 palestinos de sus hogares (dando lugar a la Nakba (catástrofe) que se conmemora cada 15 de mayo), expropiando propiedades y cambiando los nombres de numerosas localidades.

También podemos hacer como si, en 1967, Israel no hubiera ocupado (hasta hoy) Gaza y Cisjordania, manteniendo el control por tierra, mar y aire de la vida social, política y económica de millones de palestinos, desarrollando una estrategia de hechos consumados que viola la ley internacional e impide que nunca pueda existir un Estado palestino viable.

Como si Israel no hubiera invadido territorio soberano de Egipto, Jordania, Siria y Líbano, en clara violación del derecho internacional, sin sufrir ninguna consecuencia gracias, en última instancia, al inequívoco respaldo de Washington. Como si Gaza no fuese hoy la mayor prisión a cielo abierto del planeta, donde 2 millones de personas sufren un castigo consentido por la comunidad internacional, en una clara señal de que la causa palestina ha dejado de estar en la agenda.

Responsabilidad

La lista de cosas que podemos obviar es prácticamente interminable porque, sin dejar de lado la responsabilidad de tantos errores cometidos por los árabes (incluyendo a los palestinos), supone también el olvido de que, según la legislación internacional, todos los asentamientos son ilegales, Jerusalén no puede ser la capital de Israel ni los Altos del Golán sirios pueden ser anexionados por Israel (por mucho que la Kneset israelí y Trump así lo digan). Todo ello sin dejar de lado la discriminación que supone declarar el país como un Estado judío, cuando el 20% de sus habitantes es de otras confesiones.

Y es que si no hacemos ese ejercicio de vergonzosa amnesia colectiva no sería posible disfrutar (¿?) de uno de los eventos televisivos más estrafalarios que cabe imaginar, ya por su 64ª edición, en el Centro de Convenciones de Tel Aviv.

Por si lo anterior no basta, cabe practicar otra variante para que los más de 200 millones de telespectadores previstos puedan saborear el supuesto arte de los participantes: autoconvencerse de que se trata exclusivamente de un festival musical y de que, por tanto, no se debe mezclar con la política. Lo malo para quienes opten por ella es que se trata de un argumento tan falaz como insostenible, como bien aprendimos cuando la Sudáfrica del apartheid nos mostró la necesidad de hacer ver a cada uno de sus ciudadanos (fueran militares, policías, deportistas o artistas) la monstruosidad de lo que se estaba haciendo en sus nombres. Allá cada uno con su conciencia.