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Dos miradas

El juez Manuel Marchena.

EMILIO NARANJO (AFP)

En todo el juicio no ha habido un episodio tan lamentable como la exhibición de la prepotencia del poder que Marchena ejerció sobre Marina Garcés

La percepción que transmitía Marina Garcés, la filósofa incisiva que fundamenta buena parte de su discurso en una reflexión sobre la contemporaneidad que nace de su propia experiencia militante, es que quería humanizar su presencia en el Tribunal Supremo a partir de una sensibilidad que, por definición, está excluida de las salas donde se imparte (donde debería impartirse) justicia. Tanto si habla de Diderot como si debate sobre las humanidades o sobre el feminismo o la nueva ilustración, el talante de Garcés es cercano y amable, al tiempo que su aportación al pensamiento es intensa y radical.

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No sé si Marchena la ha leído o la ha escuchado jamás, pero daba la sensación de que se había documentado. Será por eso que fue más intolerante, más severo y más intransigente que nunca. En todo el juicio no ha habido un episodio tan lamentable como la exhibición de la prepotencia del poder que Marchena ejerció sobre una Garcés que hacía notorios gestos de estupor ante la miserable supremacía de quien tiene la facultad, en aquella sala, de retirar la palabra a quien tiene palabras de entendimiento. El punto culminante fue el "mucho mejor" que Marchena espetó a Salellas cuando el abogado renunció a hacer más preguntas. Un juez no debería poder expresar su satisfacción personal ante el fin de la incomodidad que representaba un testimonio como el de Garcés, por mucho que lo deseara. El "mucho mejor" le delata. Le invalida, le empequeñece.