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El oficio de escribir

Ilustración de Leonard Beard.

LEONARD BEARD

Trabajar gratis

Najat El Hachmi

Si el esfuerzo y el tiempo que dedicamos a nuestros textos no merecen ninguna remuneración es que en realidad no son tan apreciados como nos dicen

Me escribió para pedirme un artículo. Me había leído aquí mismo y lo que yo contaba le parecía pertinente, muy interesante, muy bueno. Tan bueno que quería que escribiera en su revista, una revista de mucho prestigio, que tiene una difusión muy importante, una publicación que haría que mis ideas fueran leídas por muchísima gente. El emisor del correo, muy amable, muy cordial, dedicaba un buen párrafo a elogiar su propia publicación pero no decía nada de las condiciones de mi posible colaboración.

Esto no es nada raro, que a quienes nos dedicamos al desprestigiado oficio de escribir nos encarguen trabajos sin hablar nunca de las contraprestaciones. Lo cual nos obliga a adoptar un papel no muy digno que digamos, el de tener que sacarle a quien tanto nos admira la información a golpe de correos digitales: ¿y cuáles serían las condiciones? Disimulando, haciendo como que el tema no es el tema, porque queda feo hablar de dinero, nos contestan: ah, sí, tantos caracteres, tantas páginas, a doble espacio, tal fecha de entrega. Y se hace un silencio largo y se oye el zumbido de una mosca. Ejem, ¿cuál sería la remuneración? Y lo preguntas casi disculpándote, como quien se atreve a romper el estúpido tabú instaurado en el mundo de la cultura, el que dice que no hay que hablar de dinero, un modo muy eficaz y refinado de explotar al personal. Cuando no te lo dicen en el primer correo, normalmente no es que la cantidad sea pequeña, irrisoria o meramente simbólica, es que ni siquiera está previsto pagarle nada al escritor. La respuesta suele ser siempre la misma: no, es que no os podemos pagar porque tal y cual, pero ten en cuenta que te leerá mucha gente, y un largo etcétera de excusas que no pretenden otra cosa que disimular la vergüenza de pedirle a alguien que trabaje gratis.

Por amor al arte

La única recompensa que te ofrecen es el reconocimiento. Sobre esto ha escrito y muy bien Remedios Zafra en su ensayo El entusiasmo. Que nos autoexplotamos buscando reconocimiento y prestigio. El problema es que ni el reconocimiento ni el prestigio pagan la factura del agua, la compra semanal ni las extraescolares de los niños, ni siquiera la cuota de autónomos. Al señor que me escribió le hubiera podido preguntar: ¿usted cobra por editar la revista? Sí, ¿verdad? ¿Cobra el diseñador, el impresor, el distribuidor, el librero? Claro, cómo van a trabajar ellos a cambio de prestigio y reconocimiento. 

Lo único que ofrecen como recompensa es el reconocimiento. El problema es que el reconocimiento no paga ni la factura del agua ni la compra

¿Cómo acabó mi historia con la petición de aquella revista importantísima? Con que cuando se me comunicó que no cobraría decliné amablemente la invitación alegando que no me podía permitir el lujo de trabajar por amor al arte. Que si fuera rica, si fuera como esos escritores de antes, miembros excéntricos de la aristocracia o la burguesía a quienes les daba por dedicarse al poco productivo oficio de pensar, escribir y crear, igual sí podría permitírmelo, pero que en casa somos de buen comer y nos cabreamos mucho cuando no tenemos con qué llenarnos los estómagos. ¿Es pedir demasiado? Igual sí, no sé, a lo mejor es verdad lo que dicen de nosotros cuando pedimos un poquito de dinero, por favor, que somos unos peseteros que manchamos nuestro noble y elevado oficio. Como le dijeron una vez a Lucía Etxebarria cuando se posicionó en contra de la piratería: “Una cosa es que quieras expresarte escribiendo y otra muy distinta que quieras cobrar por hacerlo.” ¡Faltaría más!

Falsa admiración

Lo cierto es que parte de la culpa la tenemos los mismos escritores por aceptar que nos devalúen el trabajo. No hace mucho un periodista me contaba, orgulloso él, que escribía un artículo diario sin cobrar, que ya estaba jubilado y como le paga el Estado puede permitirse continuar escribiendo sin cobrar. Le dije que nos hacía un flaco favor a quienes aún tenemos por delante décadas bien buenas de pagar autónomos, pero mi opinión no pareció afectarle demasiado.

Unos meses después de recibir la petición para la revista me anuncian la publicación del número en el que tenía que haber colaborado. En él hay un artículo con ideas parecidas a las que me pidieron a mí. Me queda claro: si no quieres trabajar gratis, seguro que habrá quien esté dispuesto a hacerlo, alguien que cree que al principio vale la pena cultivar prestigio con el estómago vacío porque piensa que tarde o temprano llegará la recompensa monetaria que se merece. Pues no, lo más probable es que si empiezas trabajando gratis acabes trabajando gratis. Y encima estarás contribuyendo a devaluar la profesión entera.

Si el esfuerzo y el tiempo que dedicamos a nuestros textos no merecen ninguna remuneración es que en realidad no son tan apreciados como nos dicen. Si os gusta mucho lo que escribe alguien y queréis que siga haciéndolo, lo mínimo que podéis hacer es contribuir a su economía. Si os bajáis gratis sus libros vuestra supuesta admiración es falsa. Si le ofrecéis trabajar a cambio de nada es que no lo valoráis como decís.