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Una situación atípica

Puerta principal de acceso al Hospital Clínic de Barcelona. 

ACN

Las horas de un hospital

Carles Sans

Al cruzar la puerta de un hospital, la vida, esa actividad cotidiana que disfrutamos todos los días, pasa a tener una dimensión distinta, porque es como entrar en una especie de burbuja de la que permanentemente quieres salir

Hace unos días hablaba con una persona que, por desgracia, ha tenido que pasar, como muchas otras, una infinidad de horas en un hospital para auxiliar y acompañar a un familiar con una enfermedad de las que requieren varios días de hospitalización. Esta persona me habló de lo que había representado para ella vivir durante un tiempo en un contexto en el cual todo giraba en torno a la enfermedad de su ser querido. Me decía que entrar en un centro hospitalario era ingresar en un mundo invadido por nombres de instrumentos y medicinas que en pocos días uno aprende a pronunciar como si los conociera de siempre.

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Al cruzar la puerta de un hospital, la vida, esa actividad cotidiana que disfrutamos todos los días, pasa a tener una dimensión distinta, porque es como entrar en una especie de burbuja de la que permanentemente quieres salir. Vivir horas y horas de hospital te cambia, te modifica el modo de ver las cosas. «Siempre que se entra en un hospital parte de tu felicidad queda fuera», me decía esa misma persona. Y no le falta razón. Me quedé pensando en lo despacio que pasa el tiempo cuando uno se encuentra sentado junto a la cama de un hospital, esperando a que se cumplan unas horas mucho más largas que las de fuera; porque las horas de un hospital se cuentan por medicaciones, por cambios de suero o por comidas muy sencillas. Horas de pasillo, donde te cruzas con otras miradas que andan tan aburridas y preocupadas como tú.

Solo sonreímos al cruzarnos con quien forma parte de tu único círculo de relación cotidiano: el personal sanitario, maravillosas personas que suelen ser ángeles pero que también pueden ser demonios. Las noches se hacen largas, suelen ser calurosas y extrañas. Las camas supletorias son incómodas, y las continuas entradas y salidas del personal interrumpen un sueño precario e irreconciliable casi siempre. Se sale de un hospital deseando no tener que volver y anhelando, sobre todo, recuperar esa parte de felicidad extraviada el día que uno entró.