20 feb 2020

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La nueva legislatura

Cuatro cuadrantes

LEONARD BEARD

Cuatro cuadrantes

Josep Oliver Alonso

Hay que reconocerle a Sánchez su objetivo de reconstruir, y ampliar, un Estado de bienestar más digno que el actual

Cada generación tiene un instante fundacional que define el sentido de su futuro. Y para la 'España de los baby boomers', lo decidido el domingo parece ser ese momento. Y aunque los hechos históricos se suceden, reduciendo su excepcionalidad a medida que el tiempo se desvanece, ello no obsta para considerar que, en lo tocante a la próxima década por lo menos, lo acaecido el 28-A será crítico para ellos, y para todos.

Ese carácter lo define la intersección de dos profundas líneas de fractura que dividen al país: derecha-izquierda y nacionalismo español-independentismo catalán. Siempre han estado ahí. Cierto. Pero quizá nunca, en estos últimos años, nos habían polarizado tanto.

Un aire de 'déjà vu'

En el ámbito social, lo que nos aguarda tiene un aire de 'déjà vu': paro estructural, temporalidad, salarios, igualdad, pobreza, inmigración, educación, inversión en I+D, dependencia o pensiones son deberes pendientes, cuya solución pasa por reformas en el modelo productivo y laboral y el Estado de bienestar.

En este ámbito, pueden criticarse la temporalidad, los bajos salarios, los problemas del sistema educativo o la excesiva inmigración. Pero son caras de la misma realidad: un tejido productivo de baja calidad que, por ello, no necesita formar específicamente a buena parte de sus trabajadores. O pueden denunciarse las reducidas pensiones y la no aplicación de la ley de dependencia. O denunciar la insoportable desigualdad. Pero sin unas finanzas saneadas y, en particular, suficientes, todas esas críticas son como agua lanzada al mar. Porque un cambio sustancial en esos aspectos solo puede abordarse con mejoras fiscales: hoy los ingresos públicos se sitúan en el 36% del PIB, unos 10 puntos por debajo de la media de la eurozona (y 100.000 millones menos de recaudación). Con recursos como estos, difícilmente pueden plantearse cambios de gran calado. Y, sin ellos, la globalización, el cambio técnico, la desigualdad y el envejecimiento, nuestros particulares jinetes del Apocalipsis, no auguran nada bueno. Pero en lo tocante a los dineros, no cabe esperar modificaciones de calado: nuestra larga tradición de reducida presión fiscal no es casual, porque responde a una sociedad en la que el papel del Estado siempre ha sido menos relevante que en los países del centro de Europa.

Un cambio sustancial solo puede abordarse con mejoras fiscales. Los ingresos públicos están unos 10 puntos por debajo de la media de la eurozona

Y lo mismo sucede con la cuestión nacional, incluso más difícil de resolver por los sentimientos que subyacen. En un extremo de ese eje de identidades nacionales es difícil imaginar una suavización del griterío nacionalista español: el auge de Vox, y el seguidismo que PP y Ciudadanos han hecho del mismo, ofrece, tras la batalla electoral, un paisaje de muy difícil entendimiento. Porque con ese discurso incendiario, no vayamos a olvidarlo, la suma de las tres derechas se acerca a los ¡10 millones de votos! En el otro extremo, en el del independentismo catalán, con el juicio en marcha y las sentencias pendientes, tampoco cuecen habas: sus dificultades para bajar el diapasón y buscar un nuevo encaje en el Estado español son, hoy por hoy, insuperables.

Debe reconocerse, no obstante, que lo decidido el domingo permite visualizar una cierta vía de solución: el que la izquierda presida el país, apunta a aquello tan orteguiano, y tan poco satisfactorio, de la conllevancia. Es lo que hay. Quien espere remedios más definitivos se llevará un desengaño: ni existen ni se les espera. Pero el punto de partida para el avance en este frente debería ser el reconocimiento de que partes sustanciales del Estado no participan de un proyecto común: los resultados en Catalunya, con un 40% del electorado votando opciones independentistas, así lo indican. Y lo mismo sucede en el País Vasco.

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¿Hay esperanza? Sea cual sea el cuadrante en el qué usted se ubique, soluciones inmediatas pocas. O, mejor, ninguna. Dado el tiempo que llevamos empantanados en estos problemas, la mejora será muy lenta, si es que se puede avanzar algo: para problemas de tanta enjundia no existen atajos.

Pero ahí hay que reconocer que el presidente Sánchez lleva ventaja. Su reconocimiento de la necesidad de reconstruir, y ampliar, un Estado de bienestar más digno que el actual, y su explícita voluntad de alcanzar una vía de solución de las tensiones identitarias, constituyen un buen punto de partida. Ambas actitudes son condición necesaria para cualquier progreso. Pero, ya saben, a menudo no basta con cumplir con las condiciones necesarias. Y las suficientes son, siempre, mucho más complejas de alcanzar. Buena suerte, presidente. La necesita. La necesitamos.