14 ago 2020

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Las verdaderas prioridades

Sal y vota, la casa te devora

Sal y vota, la casa te devora

Ángeles González-Sinde

Aunque la niña tenga partido de básquet o hagas paella, busca el tiempo. Todo se decide en las urnas

Vivir quita mucho tiempo y el tiempo está muy caro. Son dos verdades como puños. Si las elecciones en España se colocan en domingo es porque las autoridades saben que si hubiera que votar en laborable serían menos las papeletas en la urna. ¿Y por qué? Sencillamente porque hay demasiado que hacer y las horas del día siguen siendo 24.  Las mujeres por ejemplo tenemos el problema de la casa. Sí, ríanse lo que quieran, pero si te pides unos días de descanso o te los adjudican en tu empresa porque las vacaciones tocan fuera de temporada, lo más probable es que esos merecidos días de asueto se vayan por el sumidero sin sentir. Como dice un amigo “la mugre se expande”, cuanto menos tienes que hacer, más las minucias se apoderan de tu jornada. Siempre hay recados pendientes de “la casa”, ese conglomerado de bienes materiales y tangibles, pero no determinados por completo, que parece dotado de espíritu propio y que, como un monstruo mitológico, te chupa el tiempo disponible hasta pulverizarlo.

Los compromisos cotidianos son una amenaza para la democracia; la gente permanentemente atareada se manipula mejor

A menudo pienso en lo que John Bayley relata sobre su matrimonio con la escritora Iris Murdoch: según su propia descripción, su casa en Oxford era básicamente una pocilga. No limpiaban jamás, pocas veces lavaban la ropa y de la vajilla o la comida mejor no hablar. Latas de sardinas, queso y tomates conformaban su despensa. También me cautivó cómo afrontaba la intendencia doméstica Esther Tusquets según el testimonio de su hija Milena. Alimentó a la prole con una dieta tan singular como poco exigente. Yo no sería capaz, pero por tarada, no porque me considere mejor madre. Recientemente he descubierto que dos buenas amigas con familia jamás han cocinado ni puesto un pie en el súper, se las ingenian encargando la comida. Lo encuentro formidable.  Son mujeres que han logrado conservar toda su creatividad y sus ganas para ellas mismas, con notables resultados. Ole y ole por ellas. Creo que procede crear un premio anual a la mujer que más y mejor haya eludido a ese vortex de fuerza desmedida que devora nuestras energías y que es "la casa".

Se podría decir por tanto que la casa y sus brazos, las obligaciones y compromisos cotidianos anejos al simple 'vivir', ese concepto amorfo e inmanejable por blando y escurridizo, son una amenaza para la democracia. Sí, han leído bien, para la democracia, porque si los ciudadanos pasáramos menos tiempo pendientes de gilipolleces, con perdón,  que acaparan nuestro tiempo, es posible que atendiéramos a cuáles son nuestros verdaderos intereses y necesidades, es decir a cómo vivir bien, a la ética y a la política. Y aún diría más, al liberar espacios tanto temporales como geográficos, tendríamos más oportunidades para el encuentro, pero no el encuentro forzado actual que para cenar con cuatro hay que convocar con meses de antelación, sino encuentros suaves, no pautados, pero confiables y regulares. Y cuando la gente se encuentra, habla, surgen ideas y ganas de ponerlas en práctica. La gente permanentemente atareada se manipula mejor, siempre tenemos la cabeza en un sitio distinto del cuerpo, como el correcaminos.

Y no estoy hablando de conciliación, sino de valores, de lo que verdaderamente nos importa, nos define como individuos o como grupos, lo cual en esta desaforada sociedad de consumo tenemos bastante trastabillado. Porque la sociedad de consumo no solo tritura materias primas para vendernos objetos con el consiguiente compromiso de su cuidado y sostenimiento (cuantas más pertenencias, menos tiempo para lo importante), sino que nos inculca consumir experiencias a demostrar con títulos y pruebas. Porque ¿qué otra cosa sino evidencias públicas de que hice esto y estuve allá son nuestras cuentas de Twitter, Instagram, Facebook y demás? Estar permanentemente conectados para demostrarnos a nosotros mismos y a los demás que vivimos una vida que vale la pena es otro de los sumideros por los que se nos van los días.

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Y todo esto tiene mucho que ver con las urnas. La política son las reglas que nos damos para convivir, para distribuir los recursos, para sostener a quien lo necesita, pero también o sobre todo, la política son valores: las reglas del juego en el que irremediablemente se desarrolla la vida personal, familiar, profesional. No se crean que disponer de más tiempo libre depende de la voluntad de cada cual, como predica el neoliberalismo de autoayuda con sus 'coaches'. No. La responsabilidad del futuro, las opciones de cambio cargan sobre nosotros, pero como colectivo, como tribu.

Por eso aunque hoy la niña tenga partido de basquet, aunque el niño tenga un cumpleaños, aunque estemos pendientes de la paella con los cuñados por las bodas de oro de los suegros, o de arreglar el desastre que las últimas lluvias dejaron en el trastero, busquen el tiempo, vayan a votar. Todo se decide en las urnas. También lo que parece que no tiene remedio.