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LA CLAVE

Sánchez, Casado, Iglesias, Rivera y Abascal.

Un escalofrío en el espinazo

Enric Hernàndez

¿Qué sucedería si el domingo la fuerza antisistema en la que usted está pensando fuera determinante para formar Gobierno y pudiera imponer su programa de máximos?

Un escalofrío recorre el espinazo de los principales partidos. Las encuestas de última hora (ocultas por una ley obsoleta) y los estudios sobre las pulsiones en las redes sociales abonan el vértigo ante un vuelco electoral que el domingo sacuda los pilares de nuestra convivencia. El elefante al que nadie ha querido mirar de frente en esta campaña podría estar a punto de irrumpir en la cacharrería democrática.

El sistema electoral español, imperfectamente mayoritario, está ideado para que gobiernen los partidos hegemónicos de la derecha o la izquierda, si es preciso complementados por fuerzas bisagra. En el 2016, al desmoronarse el turnismo bipartidista, la ley d'Hondt y una paupérrima cultura de pactos bloquearon la gobernabilidad, repetición electoral incluida. Y eso que los nuevos agentes políticos no ambicionaban otra cosa que sustituir a los viejos partidos, verborrea al margen. Revolucionarios con aspiraciones sistémicas.

¿Qué sucedería si una fuerza verdaderamente antisistema fuera determinante para formar Gobierno? ¿Qué ocurriría si ese partido involucionista en el que usted está pensando acabara ocupando la tercera plaza en muchas circunscripciones, obteniendo el 28-A la llave de la gobernabilidad? Esas, y algunas otras, son las preguntas que se están haciendo quienes tienen acceso a los 'trackings' electorales de estas últimas horas.

DE BRAVUCONADAS A LEYES

El líder de ese hipotético partido revelación, henchido el corazón de orgullo patrio y envalentonado por el veredicto de las urnas, estaría en condiciones de imponer su programa de máximos al futuro presidente del Gobierno, tan proclive a la claudicación como magra hubiera sido su cosecha electoral. Las bravuconadas mitineras se convertirían entonces en leyes de obligado cumplimiento. Y los señalados como enemigos de España -por su color de piel o por sus hábitos sexuales, por su ideología, su lengua o sus sentimientos identitarios- deberían buscar dónde refugiarse.

Los temores hasta aquí reseñados son reales, gocen de mayor o menor fundamento. Que se conviertan o no en realidad solo depende de lo que los demócratas hagamos el próximo domingo.