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La hoguera

Máquinas tragaperras en un casino.

FERRAN NADEU

Los hijos de la tragaperras

Juan Soto Ivars

La proliferación de salas de juego en barrios miserables ilustra la perversión del concepto de libertad individual

La máquina tragaperras señala con claridad las trampas conceptuales del liberalismo decrépito de nuestros días. Como en cualquier otro mercado, la relación comercial entre la máquina y el jugador es libre: la máquina ofrece un servicio -el juego- y el jugador realiza un pago. Nadie pone una pistola en la cabeza al jugador para que la utilice. Gasta su propio dinero y persigue el sueño de la prosperidad a través de los mecanismos trucados de la suerte.

Hay paralelismos entre la tragaperras y una sociedad que idolatra el éxito del que empezó en un garaje. Uno de cada tantos jugadores se lleva el premio por el que todos estaban compitiendo, pero esto, bajo la apariencia de una competición, depende del sistema interno de la máquina. La máquina siempre es libre de ganar y el jugador siempre es libre de perder.

La proliferación de salas de juego en barrios miserables ilustra la perversión del concepto de libertad individual que gurús -falsos profetas- como Daniel Lacalle manosean alegremente. Los propietarios son libres de abrir sus negocios allá donde crean que habrá demanda y los habitantes de los barrios miserables son libres de no regalar a la máquina el dinero producido por las laboriosas joyas de la abuela, pero esto no es lo que ocurre. Ocurre que las salas de juego empobrecen más todavía a los que, desesperados, oyen sus cantos de sirenas.

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Pienso esto tras devorar 'Hijos de Las Vegas' de Timothy O'Grady (Pepitas de Calabaza), un libro que ofrece los testimonios directos de los hijos de los habitantes de la ciudad de los casinos. O'Grady fue profesor universitario en Las Vegas cuando la decadencia del capitalismo empezó a acelerarse. Las Vegas vive un declive menos sugestivo que el de Detroit, pero igualmente relacionado con los fallos profundos del sistema. La ciudad más luminosa es el lugar de Norteamérica donde más desahucios se producen.

O'Grady pregunta a sus alumnos por sus vidas y ellos se limitan a responder. Son historias terribles porque nadie puede crecer en una ciudad casino sin torcerse. Es difícil eludir ciertos paralelismos con un mundo casinizado.