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análisis

Familiares de víctimas acuden a la morgue de la ciudad de Colombo.

AP / ERANGA JAYAWARDENA

Baño de sangre en la Perla del Índico

Georgina Higueras

Hace casi cuatro décadas que esta isla de 22 millones de habitantes no deja de llorar por los muertos que provocan el fanatismo étnico y religioso

La violencia sectaria ha vuelto a cebarse en Sri Lanka, la Perla del Índico o más bien la lágrima, porque hace casi cuatro décadas que esta isla de 22 millones de habitantes no deja de llorar por los muertos que provocan el fanatismo étnico y religioso. La mayoría budista cingalesa (70%) libró una sangrienta guerra contra la minoría hindú tamil (9,7%) que, contraria a los privilegios de la mayoría, intentó por medio de brutales atentados formar un Estado independiente en el noreste de la isla.

Cerca de 100.000 personas perdieron la vida en esa guerra, cuyos rescoldos nunca se apagaron definitivamente, aunque el país estaba relativamente en paz desde el fin de esa contienda en 2009. Los atentados de este Domingo de Resurrección han tenido como objetivo los cristianos (7,6%), mayoritariamente católicos, única religión que incluye tanto tamiles como cingaleses entre sus fieles y que es vista como una fuerza unificadora.

En Sri Lanka nunca hubo atentados atribuidos a radicales islamistas extranjeros, la violencia está tan firmemente enraizada en determinados grupos que no necesitan el patrocinio exterior. Tampoco los turistas habían sido objetivo del odio étnico o religioso, lo que abre una vía distinta de análisis de la sinrazón terrorista. Los atacantes de este domingo sangriento han tratado de destruir una de las principales fuentes de ingresos del país y, al pretender acabar con el turismo, han lanzado un mensaje sobre cómo devolver Sri Lanka a su periodo más obscuro.

Si se confirman la sospecha de la policía, los atentados contra iglesias y hoteles de lujo serían obra de un grupúsculo islamista denominado National Thowheeed Jamath, cuyo enfrentamiento el año pasado con radicales budistas llevó al Gobierno a declarar el estado de emergencia. Aunque una parte de los musulmanes son tamiles, la mayoría son descendientes de comerciantes árabes llegados en la Edad Media, que han tratado de mantenerse al margen del conflicto entre tamiles y cingaleses, aunque al principio de la década de los noventa, los Tigres de Liberación de la Tierra Tamil (LTTE) expulsaron a los musulmanes del noreste de Sri Lanka para asegurarse de que el nuevo Estado que iban a fundar fuese étnicamente puro.

Arma política

Los LTTE fueron los primeros en utilizar como arma política los atentados suicidas, que originaron auténticos ríos de sangre. El Gobierno estima que los ataques de este domingo han sido cometidos por suicidas, método ampliamente utilizado por el terrorismo islamista que devasta los países del entorno.

El nacionalismo religioso que barre Asia ha encontrado en las minorías el chivo expiatorio de su fanatismo, desde la persecución que padecen los musulmanes rohinyás en Myanmar a la de los cristianos, no solo en India, Sri Lanka, Pakistán y Bangladés, sino también en Oriente Próximo, donde los aventurerismos militares de EEUU e Israel han alentado una limpieza étnica de las minorías cristianas asentadas desde hace siglos en Irak, Palestina, Siria y Líbano.

Para enfrentar la espiral de violencia, el Gobierno de Sri Lanka debe dar prioridad a construir una identidad común, que impulse el bienestar y el desarrollo económico y frene al nacionalismo religioso.