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Escuela centenaria

Bauhaus, sentarse en el aire

Bauhaus, sentarse en el aire

Juli Capella

La escuela alemana Bauhaus, que cumple 100 años, cambió nuestras vidas en muchos aspectos, incluida la arquitectura y renovó las artes aplicadas dando paso al diseño industrial

Corre el año 1920. Un joven de 18 años de origen húngaro se dirige en su bicicleta a estudiar en la flamante escuela alemana Bauhaus, recién inaugurada. Se llama Marcel Breuer y va a revolucionar el mobiliario. Si su moderna bicicleta de acero soporta su peso con solidez, ¿por qué cuando llega a la escuela debe sentarse en una vieja silla de madera? Motivado, se dirige al fabricante Adler de su bicicleta para proponerle una colección de muebles, pero lo rechazan, ¿muebles de hierro?, pero si son de madera. Así decide crear por su cuenta las primeras sillas de tubo de acero, que hoy en día invaden oficinas y hogares.

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Un tal Mart Stam, estudiante de la misma escuela, le pone una denuncia a Breuer, pues se atribuye la invención de ese tipo de sillas denominado 'cantilever', o en voladizo, pues tan solo se apoya en dos patas delanteras, dejando bascular el asiento en el aire con un suave movimiento. Para corroborarlo enseña en el juicio un prototipo anterior construido con trozos de tubo de gas empalmados en un taller escondido, por miedo a ser copiado. Hay que decir que finalmente quien ganó la batalla no fue ni uno ni otro sino Mies van der Rohe, también director de la Bauhaus, que copiando a ambos logró hacer sillas de acero pero más elegantes e icónicas.

Así era el clima vanguardista en una escuela mítica que ahora cumple 100 años y mucha gente confunde con una cadena de ferreterías. Cambió nuestras vidas en muchos aspectos, incluida la arquitectura y renovó las artes aplicadas dando paso al diseño industrial. Los nazis la cerraron en 1933 por moderna. Su eslogan 'La forma sigue a la función' fue traicionado por sus mismos líderes, que siempre buscaron un nuevo tipo de belleza más allá del uso. Por ejemplo, el bello y archifamoso sillón Wassily de Breuer (homenaje a otro bauhasiano, Kandinsky) es complicadísimo de construir e incomodísimo, cuando te sientas ya no hay forma de salir, de funcional nanay. ¿Será que el racionalismo suele acabar traicionado por la estética?