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JUICIO AL 'PROCÉS'

El juez Manuel Marchena.

EMILIO NARANJO (AFP)

No son gigantes. Son molinos

Jordi Nieva-Fenoll

Existe un relato de "rebelión" instalado en buena parte de la sociedad española, particularmente fuera de Cataluña y el País Vasco sobre todo. Es un relato, además, que claramente depende de ideologías. Sería muy interesante hacer un estudio de campo -una encuesta- a este respecto, que descubriría la creencia en el relato por partidos y territorios. Habría de ser muy reveladora y quizás contribuiría a que muchas personas se miraran al espejo y pusieran en cuestión sus propias opiniones.

También se evidenciaría que las ideologías políticas, y las emociones de ellas derivadas, claramente influyen en la manera en que se percibe la realidad. Pueden distorsionarlo absolutamente todo, y allí donde alguien ve una turba, otros verán una manifestación pacífica. Donde unos ven una declaración simbólica, otros verán un golpe de estado. Y en las situaciones en que algunos vean simples forcejeos con las fuerzas y cuerpos de seguridad, otros reaccionarán como si hubieran convivido con barricadas y pedradas. Unos verán lanzar claveles, y otros percibirán esas flores como cócteles molotov. Otros verán "caras de odio", y los demás simplemente observarán indignación. Muchos verán en un grupo de gente cantando "a por ellos", una despedida festiva de los agentes, y otros lo valorarán como incitación a la brutalidad policial o incluso como una especie de llamada a la guerra.

Todo lo anterior está muy estudiado por la psicología del pensamiento. El mal que estoy describiendo se llama "sesgo de confirmación", y afecta muchísimo absolutamente a todo el mundo. Es una respuesta biológica que ayuda al individuo a centrarse en sus objetivos sin distraerse. Pero posee el indeseable efecto secundario de que dificulta muchísimo que las personas cambien de opinión una vez que se han formado un parecer acerca de una situación. A partir de ahí, aunque parezca increíble, son inmunes a toda información contraria a su opinión inicial. Es más, esas informaciones contrarias las reinterpretarán y manipularán para sustentar mejor su hipótesis, convirtiendo esos datos adversos en argumentos que les den la razón. Y por supuesto, despreciarán y olvidarán la información negativa a sus intereses. Verán solamente lo que quieran ver, y no serán siquiera conscientes de ello.

Hay que ser verdaderamente inteligente para superar ese poderosísimo sesgo. Afecta a todos los colectivos, no sólo a los jueces. Cuando a la fiscalía general del estado se le ocurrió la insólita teoría de la rebelión/sedición, muy pocos la apoyaron, simplemente porque a todas luces no se correspondía con lo que todo el mundo había visto en directo por televisión. Pero la teoría tardó muy poco en asentarse en España, surgiendo adeptos que hasta la han intentado sustentar con muchos argumentos imaginativos que, por más que se quiera, no pueden alterar la realidad. El principal afectado por esta tendencia fue el juez de instrucción, que puso en libertad incluso a buena parte de los reos a las primeras de cambio, pero que después se alineó sin matices con esa doctrina de la rebelión, coincidiendo en el tiempo con el intento de investidura de uno de los acusados -que alarmó a mucha gente- decretando el ingreso de la mayoría de reos en prisión. Y allí permanecen desde entonces, pese a que el juicio no está revelando otra violencia que lanzamiento de claveles, de botellas de plástico, "caras de odio" -cuántas no habrán visto los agentes en decenas de ocasiones diferentes a esta- o actos de resistencia pasiva. Pero todo lo que se oye se tremendiza hasta confundir un forcejeo con una insurrección.

No deben ufanarse con todo lo anterior los partidarios de la independencia. Muchos de ellos todavía viven también en un sesgo -un sueño- que les hace creer que la república existe. Pero la república no existe, como recordó impulsivamente un mosso d'Esquadra, y quizá el mejor modo de que algún día pudiera existir es precisamente asumiendo la situación actual. La república no se construye con símbolos ni manifestaciones, sino con buenas cabezas.

Igual que la unidad de España. Todos sus partidarios deben entender que un país no se mantiene en el siglo XXI a garrotazos, por mucho que funcionaran efímeramente en el pasado, sino creando un país en el que cualquiera desearía vivir. Se fantasea en España todavía demasiado con el uso de la fuerza y la imposición de la lengua castellana. Y no, ni los tanques ni la represión construyen países felices. Son sus valores fundacionales democráticos, y el desarrollo real de los mismos, los que lo hacen.