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Editorial

Terrorismo global supremacista

Es necesario denunciar una y otra vez a quienes inspiran a los brazos ejecutores del odio

Policías ante una de las dos mezquitas que sufrieron ataques terrorista en Christchurch, Nueva Zelanda.

Policías ante una de las dos mezquitas que sufrieron ataques terrorista en Christchurch, Nueva Zelanda. / Tessa BURROWS / AFP

La tragedia desencadenada por un supremacista blanco en dos mezquitas de Nueva Zelanda subraya el auge de estos movimientos xenófobos, altamente peligrosos, que han logrado reclutar seguidores en un país tan radicalmente estable y pacífico. El perfil ideológico del australiano Brenton Tarrant, descrito por la policía como “un terrorista extremista de derechas”, no deja lugar a dudas: basta con leer el manifiesto en el que justifica su masacre para entender que se trata de alguien adscrito a la teoría ultra de la gran conspiración contra la cultura occidental, entendida esta como la difundida desde Europa al mundo para disfrute de los ciudadanos de piel blanca.

El perpetrador de la masacre y sus cómplices son de la misma estirpe política que el ultra noruego que en 2011 segó la vida de 77 jóvenes en la isla de Utoya; que los exaltados que en 2017 se presentaron en Charlottesville para impedir la retirada de una estatua del general confederado Robert E. Lee; que las partidas de sociópatas que se dedican a violentar en cualquier lugar a los inmigrantes en general y a los musulmanes en particular. La islamofobia se ha procurado un discurso excluyente y violento, que ha encontrado en las redes sociales y en la internet profunda terreno abonado para sumar adeptos. Nada hay de nuevo en sus propósitos: son racistas tanto o más peligrosos que los militantes del KKK, porque se abstienen de hacer grandes exhibiciones públicas y es más difícil controlarlos.

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Si uno de los empeños de los yihadistas es demostrar que no es posible la convivencia entre los musulmanes y los que no lo son, el principal del supremacismo blanco es presentar tal convivencia como algo indeseable que pone en peligro la continuidad de aquello a lo que llaman ‘cultura blanca’. Unos y otros se complementan en la escalada de odios que quiere llevar a un choque de civilizaciones, inducida tanto por las acciones sujetos violentos marginales o de minorías exaltadas como de, y eso es aún más inquietante, por partidos que alimentan el relato del odio y el miedo desde el interior de las instituciones democráticas. Para evitar tal escalada no es suficiente con reforzar la seguridad de las mezquitas de medio mundo o desplegar programas de cooperación internacional contra otra forma más de terrorismo global, sino denunciar, una y otra vez más, a quienes inspiran a los brazos ejecutores de este terror.