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Dos miradas

El exfutbolista Carlos Caszely, en su despacho en la Embajada de Chile en Madrid, donde trabaja como agregado de prensa y deportivo..

JUAN MANUEL PRATS

Fútbol y política

Josep Maria Fonalleras

Caszely le negó el saludo a Pinochet, empujado por una obligación moral. "Antes somos personas que futbolistas", dirá años después. Fútbol y política se mezclan. Hace tiempo que es así

Es el 21 de noviembre de 1973. Hace poco más de dos meses que el Estadio Nacional de Santiago se ha convertido en una prisión, un centro de tortura y represión, de muerte y venganza. La selección de Chile tiene que jugar allí un partido que la clasificará para el Mundial, pero sin rival. La URSS no se presentará para denunciar la dictadura de Pinochet. La FIFA obliga a jugar el partido: Chile contra nadie. Años después, Carlos Humberto Caszely, la estrella del equipo, dirá que fue una farsa absurda. Él mismo, ese día, tiene la pelota. Avanza. Está tentado de lanzarla fuera para provocar el caos. Chile tiene que hacer un gol contra este nadie que defiende una portería sin portero, y todos los militares, en la tribuna, están pendientes del gol inevitable para celebrarlo. Si el balón sale fuera, debería sacar la URSS que no está y eso sería un despropósito. Caszely, sin embargo, no se rebela, la pasa a un compañero y, sin espíritu, el balón entra en la portería.

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Meses después, cuando la selección está a punto de viajar a Alemania, Pinochet recibe los jugadores. Caszely está tenso, inquieto. Como si se enfrentara al portero, él, que ha marcado tantos goles: una mezcla de temor y valentía. Tiene la conciencia de que no es solo un futbolista sino alguien que tiene que hacer caso a la Historia. Niega el saludo al dictador, empujado por una obligación moral. "Antes somos personas que futbolistas", dirá años después.

Fútbol y política se mezclan. Hace tiempo que es así.