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análisis

Luis Suárez, por los suelos, durante el Sevilla-Barça (2-4).

Ante el Clásico doble, que tiemble el Bernabéu

Iosu de la Torre

El gol del perseverante Suárez le dio la razón al Valverde que recetaba paciencia en la víspera de jugar en Sevilla

Hasta el minuto 92 Luis Suárez tuvo que oír de todo de tantos fallos acumulados. El uruguayo por fin recobró el remate certero, en el límite de su personal abismo, para sumarse a la nueva gesta de Messi. El 2-4 disipó todos los miedos dando la razón a los análisis de los más veteranos. Los goles regresarán, que eso no se olvida, como el pedaleo en bicicleta, dijeron. Acertaron.

Había que tener mucha fe para creer hasta bien consumida la primera hora de partido con ese Barça que no brilla, ese once de cara ulcerosa, como la que robaba la tele a Valverde. El gesto del entrenador en la banda, vestido más para cuatro bodas y un funeral que para un partidazo, era engañoso. En realidad la del Txingurri era la mueca del hombre paciente, el que espera sin desesperarse en apariencia, porque él mejor que nadie conoce que un partido dura más de 90 minutos. El gol de Suárez le dio la razón a su sentencia del viernes. "Suárez perseverará y yo tendré paciencia, no hay más". Dialéctica guardiolista en otro estilo futbolístico.

Febrero anecdótico

Han regresado los goles con el Messi más singular. La racha de empates (Athletic en Liga, Olympique de Lyon en Champions, Real Madrid en Copa) ya es historia pequeña, la anécdota de un febrero con rostro de juez, de magistrado del Supremo. O árbitro calabaza, como Mateu La Coz, o La Hoz, que no es lo mismo pero parecido por ese estilo exhibicionista que cabrea a todo el mundo. Esta semana de Clásico doble llega también el festival de la carne. Tiempo de chirigotas. Carnaval en el Bernabéu.

En el Sánchez Pizjuán el primer disfraz que se vio fue el de Mickey Mouse. Quizá quien iba a dentro era Javier Tebas, aunque al presidente de los clubs le cuadra más el del Tío Gilito. La mascota de Disney pisoteó, con un minishow promocional del parque de atracciones (del que seguro saca un buen pellizo LaLiga), el homenaje de la afición sevillista al presidente recién fallecido Roberto Alés. El mágico mundo de colores enredado con el fúnebre himno del Sevilla adaptado para la ocasión. El guión de LaLiga manda. Como cuando en los lunes de Mendizorroza se eliminan las gradas para que no se advierta el vacío de un público tan cabreado que se ha ido unos minutos. Tan cabreado como el de Vallecas, el de San Mamés, o el de Cornellà la temporada pasada. 

Quien no necesita disfraces es Messi. Para ser Dios durante 90 minutos le basta el uniforme azulgrana y la barba diabólica que tan bien mima. Este dios está en todas partes. En Sevilla, por ejemplo, estuvo en el fallo que sirvió el 1-0 de Navas, y en toda la maravillosa remontada. La volea estratosférica del 1-1 solo puede ser suya. A su lado el resto son futbolistas en un patio de instituto intentando ese remate imposible que acaba saliendo muy alto por encima de la tapia. 

Ha vuelto Messi, nunca se había ido. Ha vuelto Suárez de cara al gol, Que tiemble el Bernabéu. Doble Clásico en cuatro días.