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Pequeño observatorio

Imagen de la Rambla de Barcelona.

JORDI COTRINA

La Rambla es la explosión de cada día

Josep Maria Espinàs

Recuerdo que había un limpiabotas, los que echaban la buenaventura, los que se ofrecían a los analfabetos para escribir cartas y los que realizaban retratos o caricaturas

Ya hace tiempo que no voy a pasear por la Rambla de Barcelona. Solamente la he visto cruzándola, cuando alguien me ha acompañado para asistir a la celebración de algún acto.

Recuerdo que había un limpiabotas, que a menudo tenía clientes. Ahora, por la Rambla circula una multitud y la gente se pisotea y no está para lucir los pies. ¿Todavía está el limpiabotas?

Yo todavía pude ver a los que echaban la buenaventura y a quienes se ofrecían para escribir cartas que los analfabetos enviarían a los parientes lejanos. También, a partir de una fotografía, un dibujante le realizaba un retrato "artístico" o una caricatura al forastero. Había varias maneras para que algunos personajes consiguieran "tocar dinero". También había peñas literarias, en las que alguna vez yo participé, en el entresuelo de un café que tenía un aire más o menos parisino.

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Un día que yo paseaba por la Rambla, me detuvo un hombre y me dijo que tenía hambre. Fuimos a una parada del mercado y le compré un queso. Se lo miró con prevención, preguntándome: "¿De qué marca es?" Evidentemente, ese hombre no tenía hambre, lo que quería era dinero.

¡Qué fenómeno, la Rambla! Si no me equivoco era el lugar, una clase de canal al aire libre, por donde bajaba el agua para ser canalizada a fin de proteger un espacio de la ciudad. Convertida en paseo en Barcelona -y en otras poblaciones- una rambla es, a menudo, un espacio privilegiado. 

En tiempos antiguos, las ramblas habían llegado a provocar miedo. Una lluvia torrencial, si era continua, poderosa, podía llegar a ser un desastre para el pueblo. Ahora acostumbra a ser beneficiosa porque ya hemos aprendido a defendernos de las potentes trombas de agua e incluso hemos conseguido que una tromba de agua se pueda convertir en un enérgico motor.

Por suerte, la Rambla todavía tiene fuentes. Son sus admirables raíces de pueblo.