Ir a contenido

IDEAS

Carlos Zanón, autor de un nuevo libro de Carvalho.

RICARD CUGAT

Carvalho, liberado de sus ataduras

Miqui Otero

Escribió Luis Buñuel que lamentaba abandonar este planeta en pleno movimiento, "como en medio de un folletín", sin saber qué pasa en el siguiente capítulo del mundo y de la vida. Pidió en su libro de memorias lo siguiente: "Levantarme de entre los muertos cada diez años, llegarme hasta un quiosco y comprar varios periódicos (….) leería los desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho".

Manuel Vázquez Montalbán quizás pararía a comer después de comprar los diarios y antes de volver a hibernar la siesta, pero le sorprenderían muchas cosas. Quizás atraparían su atención los escaparates de los bazares chinos, el único lugar donde conviven rojigualdas y esteladas, o se fijaría en que los restaurantes de esa misma comunidad han reemplazado a los que eran antes gallegos, aunque conservando sus nombres (Brisas do Sil) y las cartas con las fotografías de las tapas (y en algún caso, incluso, las tapas). Si cuando empezó a publicar las aventuras de su Carvalho en los 70, su personaje recibiera en su buzón un sobre con remitente ignoto y dentro una fotografía de un trozo de pizza o de un solomillo Wellington, lo interpretaría como una retorcida amenaza de bomba de algún grupo terrorista de extrema derecha y, sin embargo, hoy vería en las redes fotos hasta de barquitas de cacahuetes rancios publicadas para que las vean miles de desconocidos. Quizás también le costara digerir que los tatuajes ya no los llevan delincuentes y náufragos, y que en ellos no hay promesas de "revolucionar el infierno", sino motivos tribales o epigramas orientales (vete a saber qué quieren decir) lucidos por futbolistas millonarios y gente que se los hizo cuando pensaba que era clase media y que ahora busca trabajo. Y si en aquella época, en la suya, le preocupaba todo aquello que no se podía decir, ahora probablemente le alarmaría que la mayoría solo escuche lo que quiere oír.

Aunque si Montalbán eligiera hoy para salir de su tumba, el creador del "expolicía, excomunista y gourmet" no tendría que perder tiempo leyendo la prensa o espiando las redes o transitando las calles. Si solo gozara de diez minutos podría ir corriendo a una librería y comprar el Carvalho de Carlos Zanón. Este ha conseguido algo verdaderamente difícil: retomar el personaje de otro autor sin dejar de ser él. Superado cualquier ídem, en su 'Problemas de identidad' Zanón es como James Stewart o Cary Grant, actores con carácter fuerte y quijada prieta y encanto difícilmente tasable que logran que la gente vaya al cine a verlos a ellos pero aun así se crea que son otro: un abogado o un periodista o un bombero o un pirómano. Actuar es multiplicar el alma, escribir también. Es ser muchas personas, con el riesgo de olvidar quién eres. Zanón no ha olvidado quién era Montalbán, ni qué representó Carvalho ayer, pero, lo más importante, no ha olvidado quién es él y por qué es tan necesaria su mirada para entender el aquí y el ahora.

No era fácil resucitar a Carvalho, subirse al tren en marcha, escribir la siguiente página del folletín. En una ocasión, Ponson du Terrail encerró a su héroe Rocambole en un baúl y lo selló con varias cadenas. Dijo que no escribiría más sobre él. Los lectores y los tiempos reclamaban más aventuras del personaje. El editor no sabía a quién encargarle el reto. No se le ocurría escritor alguno que pudiera sacarlo de ese baúl de forma creíble y volverlo a poner en marcha. Cuando convenció a Du Terrail para seguir con su personaje, este escribió: "Liberado de sus ataduras, Rocambole…", sin más. Así, liberado de las ataduras, ha escrito Carlos Zanón. Y esa libertad es la mejor fidelidad a la libertad con la que lo escribió su primer autor, la misma con la que vivió y pensaba.