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ANÁLISIS

Los jugadores de River, a su llegada al hotel de Madrid.

REUTERS / SUSANA VERA

La final en casa de Di Stéfano

Mónica Marchante

El desquiciamiento general que ataca en las últimas décadas al fútbol argentino ha acabado trasladando una histórica final de la Libertadores en su partido de vuelta a 12.000 kilómetros de distancia. Se jugará (ahora parece que sí) este domingo en el Bernabéu. Una delicia sobrevenida para algunos periodistas que jamás habríamos cubierto un evento tal. De repente nos encontramos con que esta lotería en la que se convirtió decidir la sede, nos sitúa en el estadio, y concretamente en mi caso, en el palco de autoridades conectando para Vamos, la cadena que ofrecerá en exclusiva la retransmisión para España.

¡Qué suerte la mía! Pensé al conocer la noticia. Pues bien, han pasado tres días y estoy a punto de salir a la calle rumbo al estadio con chaleco antibalas. Se ha generado un ambiente de terror, justificado por los hechos que sucedieron en la ida, y por el historial de las barras bravas de Boca y River que es realmente triste.

Ya hay un deportado en Barajas que será devuelto a Buenos Aires, un histórico de la barra de Boca, con antecedentes por homicidio en Argentina. Pasó el laxo filtro argentino pero no el español. Otro líder ultra, Rafael di Zeo , se replantea el viaje a partir de la deportación del primero. Dos menos. Pero mientras esto sucede, Darío Benedetto, delantero de Boca, preguntado por el viaje en suspenso de Di Zeo, responde en Las Rozas que “si viene, bienvenido sea”.

No han aprendido nada. Se ven obligados a jugar a miles de kilómetros de su casa una final histórica por el vandalismo de los seguidores y la inacción de las autoridades. Su autobús es apedreado camino del Monumental por miembros de la barra rival. Y el discurso de quienes sufren esto en carne propia es que... bienvenido sea el cabecilla de la “barra del Doce”.

Al tiempo, en Buenos Aires sale de prisión el único (sí, único) detenido por el apedreamiento del autobús de Boca. Todo es un disparate.

Dijo Alfredo Di Stéfano que las finales no se juegan, se ganan. Él, que jugó con Boca y entrenó a bosteros y gallinas, debe estar esperando que en el Bernabéu, por fin, se hable de fútbol y no de la vergüenza que trajo la final a Madrid. ¿Será?