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Dos miradas

Cuarenta años

AGUSTÍN CATALÁN

Cuarenta años

Josep Maria Fonalleras

Es más fácil seguir celebrando el aniversario de la Constitución que reconocer que es un abrigo gastado y que conviene renovar el armario

Celebramos este jueves el 40º aniversario de la Constitución española. ¿Lo celebramos? Vamos al diccionario. No es hasta la tercera acepción del verbo que encontramos la fiesta en la definición de celebrar. "A propósito de un suceso fausto", es decir, agradable, acompañado de la fortuna. La fiesta o la alegría. O la loa pública. Celebrar es todo esto, pero antes se nos ha dicho que es cumplir un acto, sometido a un ritual, a una norma. "Los funerales se celebrarán en la catedral". Entre estos dos polos, pues, el día de hoy.

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Y también entre estos otros. Entre la glorificación de la efeméride y la simple constatación de un hecho histórico que, 40 años después, se revisa, se estudia, se discute. Entre la efervescencia y la pompa de quien hace ufana de su solidez y el clamor político de un presente que, lejos de la suntuosidad, exige una relectura más allá de los parches coyunturales. Entre el texto moribundo que se eleva como un arma arrojadiza y la vitalidad radical de quien reclama un nuevo pacto, porque los tiempos han cambiado y porque flotan aún, y más evidentes que nunca, los restos de la comida que hace 40 años se quisieron tirar al fregadero para que pareciese una pila bautismal, es decir, limpia y pulida.

Para que fuera una fiesta habría que reconocer, antes, que es un abrigo gastado y que conviene renovar el armario. Quizá es un imposible, porque reventarían demasiadas costuras, apenas hilvanadas. Es más fácil seguir el ritual. Celebrar la ceremonia.