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Análisis

Asistentes al funeral de los activistas Raed Fares y Hamoud Jnaid, en la aldea de Kafranbel, en Siria.

MOHAMED HAJ KADOUR (AFP)

Raed, dignidad y vergüenza

Jordi Armadans

Un día nos preguntaremos cómo pudimos permitir el conflicto sirio y no tendremos consuelo porque lo sabemos todo

Seguro. Dentro de unos años se publicarán novelas, se proyectarán películas y se representarán obras de teatro que nos hablarán del drama sirio. Sí, llegará un día en que el inmenso sufrimiento de la población siria de estos años será profundamente analizado, documentado y recordado. Y nos diremos: "¿Cómo pudimos permitirlo?".

Y no podremos consolarnos diciendo que fue un conflicto oculto en un lugar recóndito. Ni podremos sostener que hubo apagón informativo. O que no sabíamos la crueldad de la situación.

No, lo sabíamos todo. Lo sabemos, todo. Sabemos que desde hace 7 años Siria sufre la guerra más devastadora de los últimos años. Que el número de muertes heridos es altísimo. Que las vulneraciones de derechos humanos han sido inmensas, por cantidad, diversidad y profundidad. Que el número de personas refugiadas y desplazadas es incomparable con ningún otro conflicto reciente o presente.

Mucha gente en Siria ha sufrido gravemente y, en algunos casos, de forma irreversible. Entre ellos, personas que, contra toda esperanza, han defendido la libertad y la justicia y siempre han rechazado la intolerancia o la violenciaValores nuestros, ¿verdad? Pues los hemos dejado solos. Y han ido muriendobombardeados torturados por unos, asesinados por otros o secuestrados por los de más allá.

Denuncia

Como Raed Fares y Hamoud Jnaid, asesinados ahora hace justo una semana. Eran vecinos y activistas de Kafranbel, una ciudad conocida por sus movilizaciones creativas y pacíficas. Las pancartas que cada sábado hacían, y mostraban al mundo, son un buen compendio de la denuncia de un régimen criminal y de un terrorismo bárbaro. Fruto de este compromiso, Raed y muchos otros como él, habían sufrido intentos de asesinato del régimen de Bashar al Asad, del ISIS o de Al Qaeda.

Raed y sus compañeros pensaban que la autoorganización popular era clave y por eso fomentaban iniciativas sociales para empoderar a la gente y fortalecer la red ciudadana. Y, con ironía y humor, mostraban lucidez. Ante la deriva armada de una parte de la oposición siria, el 2012, en declaraciones a los periodistas Javier Espinosa y Mónica G. Prieto (autores del excelente libro: Siria, el país de las almas rotas), decía "cuando terminen con el régimen, vendrán a por nosotros". No acertó el diagnóstico sobre el fin del régimen pero sí anticipó como las organizaciones armadas terminan siempre por desconfiar del pensamiento libre y perseguir los movimientos sociales críticos.

"Sé que no voy a cambiar el mundo, solo hacemos esto para que luego nadie diga que no lo sabía". Releer esta frase, seis años después, duele. Porque lo sabíamos todo. Porque lo sabemos todo. Y porque, a pesar de ello, asistimos impasibles a la muerte de gente valiente y comprometida que, mientras todo invitaba a callar o a huir, se lo jugaron todo por la dignidad, la libertad y la justicia, aunque se sintieran abandonados por el mundo. Cuando de aquí a un tiempo, finalmente, afrontemos Siria, nos caerá la cara de vergüenza.