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Montaje en el que Stephen Hillenburg simula rodar en Fondo de Bikini.

Bob Esponja y los tres mosqueperros

Miqui Otero

Los dibujos animados de nuestra infancia son más brillantes y más inteligentes, del mismo modo que la casa de nuestros padres es más grande y llena de rincones. Cuando volvemos a unos y a otras con nuestro tamaño actual, descubrimos que en realidad son menos excitantes y más pequeñas.

Queda algo, sin embargo, de su olor, que no cambia. Y sabemos apreciar por qué le gustaba a nuestro yo niño, mientras el yo adulto no reconoce nada y sigue diciendo que eran mejores que los de ahora (en el caso de las casas suele ser verdad).

Así, yo no habría leído las novelas de D'Artagnan, si no lo hubiera confundido, en una librería al lado de Los 3 Tombs, con Dartacán, el de la serie 'Los 3 mosqueperros'. Y si no hubiera visto primero esa nariz que enrojecía frente al duelo o el amor, no habría podido soltar en mi adolescencia delirios que había leído en los libros de Dumas: "Apagaría el sol si le molestara. Nada hace parecer el porvenir color de rosa como mirarlo a través de un vaso de chambertin".

Hillenburg fue una de las personas que más han hecho por esos nuevos dibujos animados que no tratan a los niños como si fueran tontos

Y, aun así, sé que si veo hoy un episodio se me hará más largo que un gol de Oliver Atom en una final. Eso sucede si comparo, por ejemplo, 'Los Fruittis', con sus frutas en tierras volcánicas, con su piña llamada incongruentemente Gazpacho, estereotipo andaluz haragán, con los nuevos dibujos 'Manzana y Cebolleta', con sus raps improvisados y sus aventuras siderales en busca de zapas de baloncesto y su pureza (los protagonistas llegan a la gran ciudad y por eso son vegetales sin tratar, que comparten aventuras con alimentos procesadísimos y urbanistas, de batidos a telepizzas).

El martes falleció Stephen Hillenburg, creador de 'Bob Esponja', una de las personas que más han hecho por esos nuevos dibujos que no tratan a los niños como si fueran tontos y que logran que los adultos se sientan niños. Que logran reafirmarlos en el pensamiento loco, educarlos en la fantasía y en el humor 'slapstick', introducirlos en los mundos de las novelas de aventuras. Yo podía leer a Dumas a partir de los perros mosqueteros, pero ellos, si quieren, podrán leer a Pynchon, a Stevenson o no leer, si no quieren, y fabricar cohetes. Y aunque cueste, reconozco que aquí no cabe la nostalgia, porque los actuales dibujos son aún mejores. Escribo esto con un globo de Bob Esponja que compré en el paseo de Sant Joan hace tres semanas a otro fan que vive en mi casa. Parece un dibujo desanimado. Está algo desinflado. Me da un poco de pena mirarlo, pero de momento no lo tiraré. 

Temas: Animación