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ANÁLISIS

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la primera ministra británica, Theresa May, durante un Consejo Europeo.

BEN STANSALL (AFP)

Una roca en el zapato de Sánchez

Carlos Carnicero Urabayen

Gibraltar, un asunto durmiente, se ha convertido en una formidable crisis política para la acción exterior de España

No era un tópico. Nada está cerrado hasta que todos los detalles están bien atados. Las negociaciones del 'brexit' parecían finalizadas y de la noche a la mañana están a punto de descarrilar de forma abrupta y por el motivo menos pensado. La frontera de Irlanda –el asunto más complicado– está resuelto. Gibraltar, un asunto durmiente, se ha convertido en una formidable crisis política para la acción exterior de España.

El presidente Sánchez está curtido en mil batallas. Sabe lo que es volver a la vida después del entierro que le propinó su propio partido. Logró el milagro de la moción de censura. Ahora se enfrenta a un reto desconocido, un verdadero test de estrés. Si sale mal, sumirá a la Unión Europea en una crisis política de derivadas desconocidas. Si Sánchez triunfa, habrá demostrado que la retórica de sacar músculos en Europa para ganar influencia eran algo más que palabras y fotos espaciales en Instagram. 

La diplomacia española se siente traicionada por el equipo negociador europeo que dirige Michel Barnier. En las horas finales para cerrar el acuerdo, Barnier aceptó la inclusión de un artículo cuya ambigüedad compromete una de las líneas rojas españolas: en las negociaciones sobre el futuro de las relaciones europeo-británicas, que comenzarán el 30 de marzo, España debe mantener la voz cantante para definir la situación de Gibraltar. La redacción actual no lo deja claro y puede diluir el Peñón en una complicada negociación comercial en la que habrá otros complicados asuntos.

Más gasolina para los nacionalistas

España quiere enmendar el texto, pero Reino Unido no cede. Theresa May no tiene precisamente margen para hacer gestos. Su país está casi tan dividido como su propio partido. La mayoría piensan que el acuerdo es un malísimo negocio porque les hará perder influencia y permanecerán en los tentáculos de la UE por un tiempo desconocido. Cambiar el texto para contentar a España sobre Gibraltar daría más gasolina a los más fervorosos nacionalistas que trabajan día y noche para derribar a la primera ministra e incluso salir de la UE por las malas.

Si Sánchez aprieta su botón nuclear y boicotea la cumbre europea del domingo, cancelando su asistencia o negándose a aceptar el texto, debería contar, en teoría, con el apoyo de los 26 socios europeos ya que el asunto de Gibraltar toca hueso, afecta a un territorio sobre el que España ha revindicado históricamente su soberanía. Pero el cansancio negociador y los nervios ante un eventual divorcio no amistoso podrían terminar aislando al presidente español en Bruselas, rompiendo la milagrosa unidad que han tenido hasta ahora frente a Reino Unido.

La presión que sufrirá en los próximos días Sánchez es difícilmente imaginable. No solo por sus colegas europeos para que acepte el acuerdo. En casa, quienes le recuerdan que ha llegado al poder gracias al apoyo de los independentistas, le exigirán que se plante y ridiculizarán el compromiso final, en caso de haberlo.