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Tensión entre Washington y Pekín

La nueva guerra fría

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La nueva guerra fría

Georgina Higueras

La política antichina de Trump representa el sentir de muchos estadounidenses que temen el asalto del yuan

La nueva guerra fría ha comenzado. La decisión de Washington de retirarse del Tratado de Fuerzas Nucleares de alcance Intermedio (INF, en sus siglas inglesas), firmado en 1987 por Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov, casi ha servido de declaración oficial de su inicio, aunque desaparecida la Unión Soviética, los actores actuales son Estados Unidos y China. Donald Trump apuntó más a Pekín que a Moscú al anunciar el pasado octubre la muerte de un tratado considerado clave para la seguridad europea. Rusia fue acusada de violarlo “durante muchos años” y China de aprovecharse de no ser uno de los firmantes para desarrollar sin restricciones sus capacidades de misiles y alterar a su favor la balanza estratégica en todo su entorno.

El empeño de Trump por contener a China es la Doctrina Truman del siglo XXI. Aunque no sea reelegido, las relaciones bilaterales no volverán al “compromiso constructivo” iniciado con Richard Nixon en la década de los 70. Cada día son más las voces republicanas y demócratas que se alzan contra la ambición china de suplantar a EEUU -“su benefactor”- como líder global y se sienten cómodos con la Estrategia de Seguridad Nacional y la Estrategia Militar Nacional del 2017 que la declara un “competidor estratégico” y un “poder revisionista”.

El testimonio ante el Senado del director del FBI, Christopher Wray, el pasado octubre fue contundente: “China representa en muchos casos la amenaza de contrainteligencia más amplia, más complicada y más a largo plazo que enfrentamos”. Wray menospreció los intentos de Putin de recuperar la influencia perdida y dejó claro dónde deben concentrarse los esfuerzos estadounidenses de contención: “Rusia lucha por hoy, China pelea por el mañana”.

Aún más demoledor fue el discurso pronunciado por el vicepresidente Michael Pence en el Instituto Hudson, en el que acusó a China de usar su poder económico y militar, el espionaje y la propaganda para debilitar el liderazgo mundial de EEUU, interferir e influenciar en las elecciones al Congreso. “La paciencia se ha acabado”, dijo Pence, tras afirmar que “lo que los rusos hacen palidece en comparación con lo que está haciendo China en este país”.

Guerra comercial

En un doble salto de la retórica a los hechos, la Administración de Trump ha desatado la guerra comercial y ahora, sin tratado INF, tiene luz verde para desarrollar y desplegar en Asia misiles de alcance intermedio e impulsar la revisión del 2018 de la doctrina nuclear. Esta nueva estrategia militar complementa “el giro asiático” del presidente Obama, pretende reposicionar EEUU en el Indo-Pacífico y contrarrestar los avances armamentistas chinos, incluidos los misiles Dongfeng-26 que, según el Departamento de Estado amenazan la estabilidad regional y global.

La guerra comercial acaba de empezar. La escalada está prevista para enero próximo, cuando la imposición de aranceles del 10% sobre productos chinos por valor de 200.000 millones de dólares pasará a ser del 25%. Si Pekín toma represalias, la Casa Blanca ha amenazado con ampliar los gravámenes a otras importaciones chinas por valor de 267.000 millones. La economía norteamericana, en ciclo alcista, al menos a corto plazo no se ha visto afectada y la reducción del crecimiento global que denuncia el FMI son para la política de “EEUU primero” meros “efectos colaterales”. Como en la renegociación del acuerdo comercial con Canadá y México, Washington utilizará sus resortes para atar corto a sus aliados, desligar su economía de la china y crear dos bloques económicos mundiales diferenciados.

La política antichina de Trump representa el sentir de muchos norteamericanos, que se sienten ultrajados por el déficit comercial con Pekín -375.100 millones de dólares en el 2017-, detestan que esté en manos chinas el 18,7% de la deuda pública de EEUU -1,189 billones de dólares- y temen el asalto del yuan al dólar, moneda que ha permitido a Washington mantenerse a la cabeza de la economía mundial. El detonante, sin embargo, ha sido el ‘Made in China 2025’, el plan del presidente Xi Jinping para convertir el país en la primera potencia tecnológica.

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Washington parece haberse despertado enfurecido contra la “dictadura china”, que representa el fracaso de la visión de Woodrow Wilson de “mercado libre, elecciones libres y pueblos libres”. Con el apoyo de las instituciones internacionales creadas por EEUU tras la segunda guerra mundial, China ha pasado de ser uno de los países más pobres del planeta a la segunda potencia económica mundial, pero en contra del mesianismo norteamericano por la democracia liberal, Xi Jinping ha puesto en valor el “modelo chino” y se ha mostrado dispuesto a compartirlo con otros países emergentes.

La amenaza de ser relegados tecnológica y geopolíticamente a un segundo plano ha convencido a Washington de que sean cuales sean las consecuencias, de momento más vale una guerra fría que una caliente.