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ANÁLISIS

CLEVELAND  OH  EEUU  - El presidente de los Estados Unidos Donald J  Trump habla ante seguidores durante un acto de campana.   Los estadounidenses iran a elecciones este 6 de noviembre para elegir senadores  representantes y gobernadores  EFE DAVID MAXWELL

EPA

Una batalla política a cara de perro

Joan Cañete Bayle

Las elecciones legislativas en EEUU mostrarán si la ciudadanía entiende el peligro que supone la presidencia de Trump

En más de una ocasión, Barack Obama dijo que la de Ronald Reagan había sido una presidencia transformadora, y que él mismo aspiraba a ello. No hay duda respecto a Reagan: sus ocho años como presidente, con la ayuda de Margaret Thatcher en Londres, dieron lugar a una oleada de conservadurismo que en muchos aspectos aún siguen vigentes hoy. Más discutible es que la de Obama fuera una presidencia transformadora, por mucho que hoy su figura sea añorada en las capas progresistas (o al menos no de derechistas) de EEUU y, sobre todo, en el resto del mundo. Obama dejó para la posteridad algunos intangibles ‘presidenciales’ (respeto a la institución, a la inteligencia del electorado, al adversario) pero escasos hitos transformadores: la desigualdad racial no desapareció bajo su mandato (al contrario, Black Live Matters), la lucha por el control de armas recibió un modesto e insuficiente empujón, su reforma sanitaria quedó corta en un país sumido en trincheras ideológicas…

Fracaso en el 2016

Con el electorado más diverso de la historia del país, y por tanto en principio menos susceptible de apoyar a un candidato de discurso xenófobo y machista como Donald Trump, los demócratas no pudieron ni supieron en el 2016 aprovechar el impulso de los ochos años de Obama para evitar la llegada del magnate republicano a la Casa Blanca. Del impulso de los ocho años de Reagan en cambio se aprovechó después de él George Bush padre, pero sobre todo los dos mandatos convirtieron en homogéneo un marco mental, un sentido común social, aún en vigor: preferencia por un Estado pequeño, desconfianza de las élites intelectuales, querencia por la desregularización económica… A grandes trazos, la política estadounidense juega en el terreno de juego que se estableció en los años de Reagan. Por eso, a Trump le resulta tan relativamente sencillo borrar a base de órdenes ejecutivas el legado de su antecesor.

Muy a su pesar, y en contra de sus propios esfuerzos, uno de los legados transformadores de los ocho años de Obama es un partidismo atroz y una derecha, la del Partido Republicano, irracional y en ocasiones incluso antisistema. Con la derecha bebiendo té, el partido del orden, el sentido común y el centrismo es el Demócrata, lo cual lleva inevitablemente a una pugna con su alma más izquierdista y transformadora que es letal en términos electorales entre el electorado blanco de clase media baja que no se mueve por asuntos identitarios sino por puestos de trabajo y el ondear de las barras y las estrellas, que las banderas todo lo cubren, allí y aquí.

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Resulta difícil de creer ante tamaño personaje, pero Trump, puede que incluso sin proponérselo, aspira a ser un presidente transformador. Desde el altavoz de la Casa Blanca, legitima el discurso racista, machista, nacionalista y falaz. Da legitimidad a mentir sin pudor, a menospreciar al diferente, a castigar sin remordimientos al débil, a ridiculizar al pobre. Lidera el resurgir de lo peor de la esencia nacional en un mundo global, la resistencia a morir de una forma de entender el mundo reaccionaria y retrógrada que se dio por muerta cuando en realidad hay que luchar cada día para evitar que resucite.

La bestia parda

A la estela de Trump surgen los Salvini y Bolsonaro de este mundo, cada uno con sus característica propias pero unidos por el descaro con que defienden una derecha pura y por el peligro que suponen para la libertad y la democracia que los ha aupado al poder. Trump no se entiende sin Steve Bannon, aunque ya no estén juntos. En este sentido, estas elecciones de medio mandato, más allá de la composición de las cámaras, sirven para comprobar si esa parte del electorado tan exquisita que se disuelve en docenas de debates académicos e ideológicos complejísimos e interesantísimos pero que solo sirven para desincentivar la participación en las elecciones se ha dado cuenta de que vivimos tiempos de defensa de los principios democráticos a cara de perro, centímetro a centímetro, sin cuartel y sin tomar prisioneros. Solo así se frena a la bestia parda, solo así se evita que Trump se convierta en algo más que un paréntesis (vergonzoso y vergonzante) en la historia de Estados Unidos.