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EL PP Y CATALUNYA

En tierra extraña

Antón Losada

El Partido Popular que se reúne en Barcelona para celebrar casi una terapia de grupo se adentra, con notorias dificultades, en una tierra ignota y desconocida. La incógnita interesante es si Pablo Casado lo sabe o les convoca convencido de que aún sería posible volver a los buenos tiempos recurriendo a los viejos trucos de siempre. Los populares vienen a hacerse su clásica fotografía de indómitos valedores de la unidad española y celosos guardines de la Constitución, que tantos y tan buenos resultados les ha suministrado en el pasado. Pero una amplia mayoría de electores en Catalunya ya ha encontrado a otros campeones más lustrosos para combatir al dragón nacionalista y visten de naranja, no de azul; las encuestas dicen que no pocos de sus antiguos votantes en el resto de España parecen dispuestos a seguir su ejemplo.

El PP ha perdido el monopolio de la guarda y custodia del texto del 78 y tampoco parece en la mejor posición para retener el control electoral del espacio de la derecha, intacto durante las dos últimas décadas. Con Ciudadanos le ha surgido un competidor que sabe manejar, con idéntica habilidad, las claves necesarias para armar ese discurso populista patriótico que apaña votos en la España del “¡A por ellos!”. El conflicto de los lazos ha demostrado cómo, aquello que siempre pareció imposible, se ha hecho realidad: ya existe un partido relevante que, de manera creíble para sus propios votantes, puede permitirse acusar al PP de connivencia y debilidad ante el desafío separatista; los populares han perdido también esa franquicia. Aún peor, una parte no pequeña de sus apoyos le ha comprado a Albert Rivera el discurso de que todos sus males se deben al abandono donde les dejó la supuesta indolencia de Mariano Rajoy, incapaz de ejecutar aquello que el líder naranja promete cómo si sólo fuera cuestión de desearlo muy fuerte: poner a los independentistas en su sitio.

Existen dos maneras principales de establecerse en una tierra extraña. La primera se aferra a lo conocido para hacerse fuerte y repeler cualquier amenaza que surja desde lo desconocido. Es la táctica que ha escogido Casado, embarcado en una pelea feroz con Rivera por heredar las esencias de aquel neoespañolismo que insufló de rojo, gualda y caspa la segunda legislatura de José María Aznar. La otra manera prefiere explorar las nuevas rutas que el incógnito territorio pueda esconder. La oferta de Ana Pastor al president Torra para acudir a debatir al Congreso bien podría encajar en esa estrategia, más pensada para llegar a ese votante conservador español harto de tanta confrontación y victorias inútiles como el triunfo de Cs el 21-D.

Si algo parecían haber aprendido en el PP, tras todos estos años de derrotas y victorias, es que las elecciones se pierden cuando no consiguen movilizar a los suyos, pero que no se pueden ganar sin atraer a una mayoría de aquellos que se sitúan justo en medio: entre la gaviota y sus rivales. Aunque a lo mejor se les ha olvidado.

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