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Ciencia

La esperanza de vida no siempre sube

Pere Puigdomènech

Las guerras, la falta de acceso a sistemas sanitarios y el aumento del sarampión, según los datos de la OMS, son algunas de las causas de frenan la tendencia

Estamos acostumbrados a leer que, año tras año, la esperanza de vida de los que nacen en nuestra sociedad va subiendo. De hecho, en un país como España, donde hay una de las más elevadas del mundo, prácticamente se ha doblado en 100 años. Si miramos las noticias que han aparecido últimamente, esto no es siempre así, y hay que tener en cuenta lo que ocurre en algunos lugares para sacar las conclusiones individuales y colectivas que sea necesario.

En los últimos años ya había aparecido la noticia de la fuerte bajada de la esperanza de vida en países en conflicto como Somalia y Siria. La guerra por sí misma o la disrupción del sistema sanitario debido al conflicto armado explican este hecho. También se vio que en los años posteriores al derrumbe de la Unión Soviética la esperanza de vida en Rusia había disminuido de manera significativa. La disrupción del sistema sanitario soviético era también en este caso una explicación a la que había que añadir un aumento muy importante del alcoholismo, que se produjo en ese periodo.

El uso de drogas en EEUU

Ahora estamos hablando de EEUU. Los tres últimos años, mientras continúan bajando las muertes debidas a enfermedades como el cáncer, el número de fallecimientos debido a diferentes factores, sobre todo a la epidemia del uso de drogas que se utilizan como calmantes, ha ido aumentando. Un estudio ha señalado que un factor importante en el descenso de la esperanza de vida es la falta de acceso al sistema sanitario para una proporción creciente de los habitantes de EEUU. Esto produce una diferencia importante en el estado de salud entre diferentes partes de la población y tiene un efecto negativo en su conjunto.

Otro dato preocupante ha sido el aumento de los casos de sarampión en Europa. La Organización Mundial de la Salud calcula que se han multiplicado por cuatro entre el 2016 y el 2017, y también el número de muertos. Se trata de una enfermedad que estaba bien controlada por la vacunación de los niños. En algunos países desarrollados, personas que deberían estar bien informadas, han decidido no vacunar a sus hijos, ya sea porque temen riesgos hipotéticos o por pura insolidaridad. En otro contexto, la poliomielitis, una enfermedad que estaba prácticamente erradicada en el mundo, aumenta en países como Siria, donde la vacunación de los jóvenes es imposible por la guerra. También nos preocupa que los antibióticos vayan perdiendo eficacia frente a bacterias más resistentes, en parte, debido a su mal uso.

La salud es un tema de decisión personal, pero también de decisión colectiva

Todos estos ejemplos nos dicen que la salud es un tema de decisión personal, pero también de decisión colectiva. Hay aspectos que solo afectan a nuestra vida propia y en eso nadie tiene derecho a meterse, pero hay otros que afectan a la comunidad y es lógico que impliquen decisiones colectivas. Si bebemos alcohol o fumamos en nuestra casa, es nuestra decisión, pero si conducimos habiendo bebido o fumamos en el metro, afecta a otras personas. Lo mismo ocurre con el uso de antibióticos o la vacunación. Si utilizamos los primeros sin control o hay un porcentaje de niños no vacunados, es el conjunto de la población la que puede acabar poniéndose en riesgo. Por lo tanto, hay un aspecto de salud pública que nos interesa que conozcamos con la máxima precisión. En nuestro país tenemos grupos de investigación que se ocupan tanto de nuesta salud pública como a nivel global. A aquellos que toman decisiones, y eso quiere decir a los que nos gobiernan, pero también a los individuos nos interesa disponer de estos datos.

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Es muy paradójico que en nuestra sociedad tan informada puedan difundirse informaciones tan poco contrastadas que pongan en peligro la salud de alguien. Y es una gran paradoja que un gran país como EEUU, con su tradición democrática y su potente economía, deje atrás a una parte tan grande de su propia sociedad hasta que las diferencias entre su población lleguen a hacer disminuir la esperanza de vida de sus habitantes.

Por más que trabajemos para encontrar nuevos tratamientos o preconicemos estilos de vida saludable, si dejamos atrás a una parte de nuestra gente o si pensamos que saldremos airosos solos, nos equivocaremos completamente. En los países en que hemos decidido que los Derechos Humanos están en la base de nuestras decisiones políticas, el derecho a la atención sanitaria y a unas condiciones que aseguren su salud está inscrito en los convenios básicos aceptados. Y si pedimos a los individuos un compromiso para con las obligaciones de la sociedad, sería lógico que esta responda facilitando a todos el acceso a la información y los tratamientos que permiten al conjunto ir avanzando en el aumento de la esperanza de vida.
 



 

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