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Análisis

El teatro de las pesadillas

Jordi Puntí

El partido entre el Valladolid y el Barça no sirvió para honrar la gloria de Zorrilla

Que yo sepa, el José Zorrilla de Valladolid es el único estadio de futbol del mundo que lleva el nombre de un escritor. ¿No sería fabuloso que el Arsenal jugara sus partidos en el Shakespeare Arena? ¿O que el Atlético de Madrid cambiara el Vicente Calderón por el Calderón de la Barca?  En esta línea, un día el Barça podría bautizar el nuevo Camp Nou como el estadio Josep M. de Sagarra, con su facilidad para pasar del drama a la comedia, pero siempre con un gran dominio de los recursos literarios y el don de los versos que parecen improvisados...

Ya se habrán fijado que me limito a los dramaturgos, pero es que el juego del fútbol tiene inevitablemente un aire teatral, y no me refiero a las exageraciones de mal actor que en su día denunciaba Mourinho, sino al elemento de sorpresa colectiva, de intriga que avanza ante nuestros ojos. No en vano, por ejemplo, al estadio del Manchester United también se le llama “el teatro de los sueños”.

Público de otro tiempo

En todo caso, el partido del sábado entre Valladolid y Barça no sirvió para honrar la gloria del maestro Zorrilla. Empezando por el escenario, claro, con ese césped que más bien parecía un cementerio lleno de agujeros a medio excavar —como una escenografía para el final del Juan Tenorio—, pero resultaba impracticable para el futbol. Cualquier monólogo con intentos de regate, y ya no digamos el diálogo entre varios jugadores, quedaba reducido a un simple teatro de aficionados. Pero no era este el único problema. En algunos lances del partido, uno tenía la impresión de que el público también era de otro tiempo, como si las condiciones del juego le arrastrara hacia el pasado y el Valladolid llevara décadas en segunda división, alejado del futbol actual. No me refiero a los jugadores albivioletas, que actuaron con mérito, sino a las reacciones de sus aficionados, con sus abucheos y silbidos sin ton ni son, recreándose en tirrias contra algunos jugadores blaugrana, o gritando “¡manos arriba, esto es un atraco!”, cuando el VAR dictaba en su contra. Todo muy vocinglero, muy de corral de comedias.

En los agujeros del patatal seguirán escondidas algunas incógnitas de lo que busca Valverde

Jugado en pleno invierno —en el llamado 'estadio de la pulmonía'—, ese 0-1 nos habría llevado a decir muy seriamente: “La liga se gana en campos como este”. Ahora, enterrado en la segunda jornada de liga, el partido quedará como una anécdota con final feliz. En los agujeros del patatal seguirán escondidas algunas incógnitas de lo que busca Valverde con este equipo. Pienso en detalles como la entrada (conservadora) de Arturo Vidal para frenar a un Valladolid más atrevido y cercano a la portería; o en el misterio que conlleva la posición ideal de Coutinho —el sábado como interior más retrasado, bastante desdibujado—, o incluso en la participación de Dembélé, muy activo y goleador, pero a menudo con dificultades para combinar con Suárez Messi en la delantera. 

A falta de tensión dramática, pues, lo mejor del partido del sábado es que este año el Barça ya no volverá a jugar en Valladolid, y vale más pensar en los tres puntos y en que acaso podría haber sido peor: podría haber llovido.

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