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LA CLAVE

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

DAVID CASTRO

Pedro Sánchez, viajante de comercio

Luis Mauri

Ni el presidente tiene razones sólidas para asegurar con tanto aplomo que no va a adelantar las elecciones, ni su Gobierno está irremisiblemente condenado tras el revolcón del déficit

En los espectáculos de ilusionismo nada es lo que parece. Esa es la gracia del asunto. En política sucede con frecuencia lo mismo, aunque entonces no tiene gracia alguna.

Ni Sánchez tiene razones sólidas para asegurar con tanto aplomo que no va a convocar elecciones hasta que se agote la legislatura en el 2020, ni su Gobierno está irremisiblemente condenado después de que los grupos que le ayudaron a derribar a Rajoy hayan tumbado el alivio del déficit propuesto por el Ejecutivo socialista.

Con o sin relajación del déficit, la función decisiva, la que desnudará la verdad sobre la debilidad o la robustez gubernamental, llegará con la discusión de los Presupuestos.

Sánchez no tiene buenas cartas en la mano. Del PP, recién recompuesto tras la defenestración, no puede esperar más que un arcabuzazo. De Ciudadanos, todavía grogui tras la moción de censura, no obtendrá mejor trato.

Los ocho diputados del PDECat de Puigdemont en el Congreso son imprescindibles para asegurar la estabilidad del Gobierno. Hace dos meses, Puigdemont exigió sin éxito a su partido que evitara la caída de Rajoy. Desvelada la falacia de que el Estado asistiría impotente a una independencia unilateral de Catalunya avalada por la UE y el capital, el independentismo ha construido -con la inestimable ayuda de Interior, la Fiscalía y el Supremo- otro sofisma: Catalunya está sometida por la tiranía de un Estado antidemocrático y vengador.

Inseguridad extrema

La caída del PP arruinaba la estrategia y el relato del 'expresident'. Pero entonces Puigdemont no reinaba en el PDECat. Ahora, pasada Pascal por la quilla, sí. Y de sus puestas en escena no se desprende precisamente interés por facilitar la estabilidad ni la normalización.

El entorno de Sánchez es consciente de la inseguridad extrema en la que se adentra la legislatura. El presidente, como un viajante de comercio, habrá tenido tiempo en otoño de mostrar su catálogo completo de propuestas. Se plantará entonces ante una bifurcación: ir perdiendo el lustre de revolcón en revolcón parlamentario o adelantar elecciones en busca del apoyo del que ahora carece.

Esa será, pronostican algunos colaboradores de Sánchez, la última función de esta legislatura.

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