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Dos miradas

La losa de 1975 sepultó aquella ingenua alegría de los que escuchábamos al cantautor Luís Pastor. Y todavía está allí, como testimonio presente de los tiempos sombríos

Hace 40 años, Luis Pastor cantaba: "Están cambiando los tiempos, están cambiando ¡qué bueno! Por mucho que le llaméis no saldrá del agujero". Era de su disco 'Nacimos para ser libres' y no solo expresaba aquel estallido de libertad de la época (aunque con recelos: "Han sido tiempos sombríos y aún no son los tiempos claros") sino que constataba que Franco, bien enterrado, ya no volvería nunca más a abandonar aquel agujero. El agujero tapado con la losa que pesaba no sé cuantas toneladas, en el Valle de los Caídos.

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Han pasado 40 años y esa alegría casi infantil, primaria, la de comprobar que el dictador estaba muerto y bien enterrado, se ha vuelto, con el tiempo, una ofensa indigna, una afrenta a la mínima decencia democrática exigible. A veces, parece que no somos conscientes de lo que significa mantener un monumento mortuorio de estas características, con el polvo intacto del dictador planeando sobre nuestras cabezas y con la ignominia de conservar el elogio pétreo de la represión y la muerte.

Ahora lo exhumarán, por fin, si es que se pueden llevar a cabo los trámites administrativos. Será uno de los culebrones del verano. ¿De qué forma se hará? ¿Dónde irán a parar los restos de Franco? ¿Quién los querrá tener en su municipio, previsible centro de atracción turística fascista? La losa de 1975 sepultó, en realidad, aquella ingenua alegría de los que escuchábamos a Luís Pastor. Y todavía está allí, como testimonio presente de los tiempos sombríos.

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