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Peccata minuta

Joaquim Maria Puyal, durante la retransmisión de un partido del Barça en Catalunya Ràdio.

Días de radio y fútbol

Joan Ollé

Puyal fue el muecín que glosaba desde su alto minarete los capítulos y versículos del fútbol, los mandamientos del balón, la verdad del césped

Lo que peor me supo, sin duda, de la derrota de la Roja ante la 'putinesca' Rusia es que, una vez acabado el partido y ya en los vestuarios, la camiseta, el pantalón, las tobilleras, los calcetines y las zapatillas de Iniesta pasarían a ser exvotos para disfrute de la eternidad, mas no para nosotros. A partir de ahora el de Fuentealbilla será solo nostalgia de tiempos sin VAR. Cuando me lamento ante su exilio -largarse al Japón es como irse al otro mundo pero con billete de vuelta en tren bala- mis insensibles amigos me dicen que exagero, y aún más cuando les comparo con tanta vehemencia como sinceridad las virtudes de mi héroe con otros irrepetibles artistas de los pies como Pina Bausch o Fred Astaire.

Si Iniesta fue “Don Andrés”, Mascherano “El Jefesito”, Suárez el “Uruguasho Cassador” y Leo el “¡Més i més i més i més i...!” es debido a que, en su día, un tal Joaquim Maria Puyal i Ortiga les fue bautizando a medida que le venía en gana, como hacen los sumos sacerdotes de los grandes templos -y el Camp Nou siempre se ha contado entre ellos. Pero Puyal fue, sobre todo, el muecín que glosaba desde su alto minarete  -con su moduladísima y juguetona voz extendiéndose por avenidas, calles, casas, patios y ventanas abiertas- los capítulos y versículos del fútbol, los mandamientos del balón, la verdad del césped. Y si digo “fue” es porque hace apenas tres días Puyal decidió poner el interruptor de su micrófono en posición  “off” y anunciar como Mary Poppins a los hijos de la sufragista y el banquero: “Me voy; otros niños me esperan”.

"¡Quim, t'estimo!"

Si mi plan de recuperación sentimental del manchego pasaba por revisionar atentamente sus mejores partidos, ahora la cosa se complica, ya que deberé sincronizar la voz de radio del Maestro con la imagen catódica del Don: un lío. Un lío al que estábamos ya acostumbrados ya que, al menos en casa y hasta que la tecnología lo hizo obsoleto, siempre tuvimos el pequeño transistor del baño junto a la tele muda. A veces marcaban y Puyal cantaba el gol algunos segundos después, o al contrario, pero, como dijo Camarón, el flamenco debe cantarse con faltas de ortografía -a pesar de que el académico mostrase rotundas tarjetas a sus colaboradores cuando estos atentaban contra el rigor o el idioma. Ellos fueron más suaves con el jefe: nunca le recriminaron, o muy suavecito, que en más de una ocasión confundiese a Piqué con Umtiti. Si tú se lo dijiste a Urruti, hoy te lo digo a ti: “!Quim, t'estimo!” Bon vent i barca (o Barça) nova, Mestre.

Y, para colmo de males, mi amigo Ricard Ustrell -lo más serio que ha dado el periodismo hablado desde Jordi Évole-  nos anuncia que también su magazine de fin de semana “El Suplement”, en Catalunya Ràdio, pasa a mejor vida. Solo nos faltaba esto.

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