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Dos miradas

La "vida serena" de Salvini sobre los inmigrantes y los italianos es limpia y pulcra, incontaminada. La nuestra (no solo con gestos sino con políticas contundentes) debería ser otra vida, dispersa y apretada, tenazmente polícroma

La llegada del 'Aquarius' a Valencia es, de entrada, una noticia excelente. Por una simple cuestión de urgencia humanitaria, el hecho de haber acogido el barco y todas las personas que malvivían en él, en medio de la tormenta - marítima y política -, es un gesto honorable del Gobierno de Pedro Sánchez. Hay quien dice que, además de salvar a los inmigrantes, también ha salvado lo que queda de dignidad europea. Ahora, es cierto, vendrán más problemas y, tras superar el tiempo del breve permiso de residencia, veremos qué pasa. Y también habrá más llegadas -no tan mediáticas como esta- y más desaparecidos en este mar que ahora es tan hostil. Y la rueda no se parará. Al menos ha habido un gesto que debería servir para que Europa despertara.

Sin embargo, cuando hablamos del continente que quisiéramos acogedor, respetuoso y democrático, no todo el mundo piensa en una misma idea. Matteo Salvini, en su negativa a acoger en puertos italianos al 'Aquarius', también habló de gestos y dijo que era "el último intento para salvar una Europa que está muriendo de hipocresía y silencio". Los fascistas también la quieren salvar. "Mi objetivo", dijo el ministro italiano, "es garantizar una vida serena para estos chicos, en África, y para nuestros hijos, en Italia". Su "vida serena" es limpia y pulcra, incontaminada. La nuestra (no solo con gestos sino con políticas contundentes) debería ser otra vida, dispersa y apretada, tenazmente polícroma.

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