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Dos miradas

De las escenas emotivas del día en que el Govern de la Generalitat tomó posesión, me quedo con la de Pasqual Maragall entonando 'El cant de la senyera'

De las escenas emotivas del día en que el Govern de la Generalitat tomó posesión, me quedo con la de Pasqual Maragall entonando 'El cant de la senyera'. No solamente lo cantó con todas las letras, las de su abuelo, sino que lo dirigió, lo hizo despegar, lo dibujó en el aire solemne del salón Sant Jordi. Aquella euforia casi infantil, desprovista de afectación o de grandilocuencia, de interés o de cálculo político, era solo una expresión íntima, más que sincera, que brotaba de alguna fuente desconocida. En el movimiento de los brazos, de acuerdo con el ritmo y los silencios de la música, se expresaba el resorte, el muelle que se esforzaba por recobrar la idea primigenia de una cultura íntima y a la vez comunitaria. "La música abre ventanas luminosas en la memoria", escribió Lluís Llach al ver, conmocionado, el canto de Maragall. Y es cierto, como afirman también los familiares, que hablan de la función benefactora de las melodías, desde Brassens hasta Bach.

Hace unos años, Diana Garrigosa decía que se tenían que aprovechar los ratos de lucidez ("hay que ir directo a lo que es importante") y no esperar nada más que el instante que deslumbra. El sábado, vivimos uno. Y lloramos. Por la dignidad del 'president', por la emoción compartida al ver - con pena, con rabia - cómo el monstruo que se traga los recuerdos no puede vencer ante la emergencia repentina de lo que, un día, nos punzó. Llevamos el aguijón clavado en la piel, persistente y resistente.

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