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Pantallas

Desde hace años, la publicidad llamada programática es una realidad. Se trata de un sistema en gran medida automático que facilita la compra y venta de anuncios mediante una subasta digital en tiempo real. A través de algoritmos se buscan coincidencias entre la audiencia, los espacios de publicidad disponibles y las necesidades de los anunciantes, lo que acerca el modelo a lo más parecido a que cada individuo tenga su propia publicidad.

Pero este modelo de personalizar los mensajes que le llegan a los consumidores también puede ser utilizado  en política y es lo que está en la base de todas las tramas que se centran en el llamado 'Rusiangate' y la elección de Trump como presidente, así como en el Brexit e incluso según algunos en el 'procés' catalán. Así que el asunto se las trae porque, si bien el lado bueno del asunto es que se logra maximizar la eficacia publicitaria, el lado oscuro es que mezclándolo con noticias falsas permite manipular las opiniones como nunca antes se había hecho.

'The Good Fight' logra  en su acercamiento a la actualidad momentos de gran lucidez

En la segunda temporada de la excelente 'The Good Fight' hay un episodio extraordinario que lo explica con brillantez. Durante un juicio, los abogados protagonistas se muestran extrañados al ver que su oponente no interroga a los testigos y cuando lo hace les pregunta sobre cuestiones que nada tienen que ver con el caso, con preguntas sobre si tienen perro o no y cuál es el estado de salud de este. No entienden la estrategia, hasta que descubren atónitos que tras haber estudiado los perfiles de Facebook de los componentes del jurado, habían logrado encontrar un nexo común entre todos ellos que consistía en su especial interés por los animales. El resto consistía en lanzar la acusación de que el principal testigo llevaba a su perro a peleas clandestinas y que en una de ellas falleció. Evidentemente era mentira y sobre todo nada tenía que ver con el caso que se dilucidaba, pero eso no importaba y la mecha prendía en un jurado predispuesto que inmediatamente dejaba de creer al testigo dijera lo que dijera en relación al caso que se juzgaba.

'The Good Fight' está logrando momentos de enorme lucidez en su acercamiento a la actualidad más rabiosa y a través de ella se pueden sacar conclusiones acertadas sobre como es el tiempo en que estamos viviendo. Y aunque la serie tira de humor y simpatía constantemente a través de unos personajes maravillosos a los que cualquiera desearía tener como amigo, la sensación que queda casi siempre al final es que la manipulación, las medias verdades y el cinismo no sólo se imponen, sino que forman parte del propio sistema de hacer las cosas “correctamente”.

Y es que, admitámoslo, hoy existen medios para manipular las opiniones sobre cualquier tema, pero que cruzados con la falsedad permiten elegir jurados, presidentes o lo que haga falta. Basta con decirle a cada ciudadano lo que quiere oír, sea o no verdad; desviar su atención; crear problemas de la nada y provocar más emociones que reflexión.

Ante un panorama así no es de extrañar que el mayor sueño de la protagonista, Diane Luchar, interpretada por la enorme Christine Baranski, sea huir a la Toscana a vivir en el campo, y que mientras ese momento llega se haya apuntado a sus más de 60 años a un curso de artes marciales. 

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