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Dos miradas

No se trata de reclamar un presidente que sea del gusto de todos, una falacia indefendible, sino de ser fiel al programa y de gobernar sin herir los derechos de nadie

Uno de los hechos más sorprendentes de los últimos días ha sido el comunicado del Gobierno de España en plena sesión de investidura del candidato Quim Torra. Más allá de la inapropiada injerencia de un gobierno en las discusiones de un parlamento (¿no tienen bastante con un grupo parlamentario para hacer oír su voz?), lo insólito del caso es que el comunicado recordaba que "la formación por la que se presenta no ganó las elecciones y que los que pretenden votarle no representan a la mayoría del pueblo catalán". Ambas afirmaciones son falsas, porque quien gana las elecciones (¡parlamentarias, no lo olvidemos!) es aquel que es capaz de conseguir la mayoría prevista en el Estatut. Y punto. Gana quien consigue formar gobierno. Y si resulta que son parlamentarias (que lo son, repito), los diputados del hemiciclo que votan una opción ganadora no representan la totalidad del pueblo catalán -es cierto: sería una tontería-, pero sí una mayoría, que se ha expresado en unas determinadas coordenadas ideológicas.

Que el Gobierno español ponga en duda las bases del sistema -aunque dicho sea de paso- demuestra muy poca cultura política. Como lo demuestra el hecho de reclamar un presidente que sea del gusto de todos, una falacia indefendible. No se trata de eso (un desiderátum ingenuo y tramposo) sino de ser fiel al programa y de gobernar sin herir los derechos de nadie. Una fórmula tan sencilla y tan complicada a la vez. Como la democracia.

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