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MIRADOR

Firma de libros en Sant Jordi

ALBERT BERTRAN

El fantasma de los Sant Jordis futuros

Miqui Otero

"Con la esperanza de que vivas este libro, otra vida posible en el tiempo que nos da la nuestra. Espero que te enciendas con este texto. Miqui".

Y, entonces, el repartidor de Mercadona, de Amazon, de Hacienda, seguramente retrocederá unos pasos sin desclavar su mirada de la mía (quizás tema que saque un arma) y se perderá en el ascensor para siempre.

O cómo reacciona un autor a quien no le toca firmar este año duante la diada de los libros

Esta escena podría darse el lunes. Al fin y al cabo, este Sant Jordi no me toca firmar, así que es posible que lo más cerca que esté de regalar mi rúbrica sea en un albarán o en una notificación fiscal, cuando el repartidor con gorra diga: "¿Una firmita por aquí?". Tampoco es que sea un drama. Nadie requerirá mis servicios por la calle, pidiendo mi autógrafo con la urgencia y entonación de quien grita si hay un médico en la sala: "¡Oh, Dios, este libro necesita una firma urgente, una inspiración breve, una transfusión de dedicatoria!".

Para alguien que publica novelas, y que por tanto las firma, los Sant Jordi sin hacer ninguna de las dos cosas son como periodos de entreguerras. Uno analiza los ecos del anterior conflicto y teme los que están por venir. Durante estos hiatos, hay una pregunta absolutamente inocente que es descodificada por el autor con, diría Dostoievski, la suspicacia de un jorobado. Ante la duda, formulada a menudo por mera cortesía más que por interés real –“¿y este año no firmas?”-, el novelista escucha: "¿Vas a acabar tu nueva novela de una maldita vez o es que ya no eres escritor porque ya no escribes?".

Un escritor que no firma no es como un jugador que no va convocado. Este puede ver el partido desde casa e imaginar posibles variaciones de las jugadas de sus compañeros, incluso de los que más odia. En cambio, un novelista en excedencia firmadora no puede deambular  por las paradas susurrando: "yo este lo firmaba mejor", "menudo merengazo de dedicatoria, so cursi, como el lector padezca de diabetes lo matas", "por favor, ¿te crees muy especial por añadir un dibujito? ¿crees que alguien va a entender tu letra de médico con prisa?", “menudo trucazo barato, lo de preguntarle al lector su profesión para personalizar la dedicatoria", "eso, no tienes nadie esperando, pero disimula: sonríe, sonríe, dientes, que es lo que les duele".

El caso es que puedes visitar a colegas que sí han publicado, llevar una lata a los que no se están hinchando a recibir lectores y saludar con un cortés gesto de cabeza a los que firman más que una folclórica en un aeropuerto. Y, en esos momentos, surge el síndrome del Fantasma de las navidades futuras. Compruebas con sorpresa (porque si escribes, eres un egomaniaco) dos cosas: a) cómo sería tu vida si no hubieras tenido la suerte de publicar; b) que, cuando no estás, el mundo sigue y los almendros florecen y la gente compra y vende y firma y quizás incluso lee libros.. Es decir: el fantasma de los Sant Jordis futuros (y el fantasma, con toda la polisemia de la palabra, eres tú) te indica que esta fiesta es de todos y seguirá cuando hayas muerto, que nadie te ve y que es mejor que, después de estirar un poco las piernas, vuelvas a casa. Al fin y al cabo, Sant Jordi pasa por ser el día de los escritores, cuando en realidad es el de los lectores (y eso incluye, también, a los que escriben).

Así que, además de firmar albaranes y entregarse a brotes paranoicos, lo mejor que puede hacer un escritor en Sant Jordi es eso que tiene que ver con su oficio y que a menudo, en pleno bochinche de firmas o promociones o fotitos de solapa, olvida: escribir. Esto es, en lugar de elegir su camisa favorita y prepararse para charlar con sus lectores, quedarse en pijama toda la mañana (por mucho que destelle el sol y bellas parezcan las rosas desde el balcón) y, como decía Rilke, "preguntarse, en la hora más silenciosa: ¿debo escribir?".

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