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Dos miradas

La farsa de Puigdemont paraliza a Catalunya. Y perjudica a unos presos que sostienen su defensa en el compromiso de seguir por los cauces legales

Huir de la acción de la justicia... Y reclamar protección al Estado del que se declara exiliado. Esta es una de tantas contradicciones de Puigdemont en la entrevista del pasado domingo en TV-3.

Años de reivindicaciones han generado una suma de verdades. Es auténtico el anhelo de los que quieren la independencia de Catalunya porque sienten que su identidad no es respetada. También el afán de los que defienden una república más justa, democrática y equitativa. Son reales esas cárceles que recluyen, sin haber sido juzgados, a los que han dado la cara por sus actos. Y la violencia policial del 1-O y la negativa interesada del PP a cualquier diálogo y la dificultad de la izquierda no nacionalista para enhebrar un discurso integrador, entusiasta y transformador.

Cúmulo de engaños

Pero el 'procés' fue construido sobre un cúmulo de engaños. Se mintió cuando se insistió en la facilidad de la acometida y cuando algunos se vendieron como impolutos servidores de la voluntad ciudadana mientras estaban manchados por la corrupción y las políticas más antisociales de la derecha.

Sobre este magma de falsedades cabe encuadrar el discurso de Puigdemont. Su farsa paraliza a Catalunya. Y perjudica a unos presos que sostienen su defensa en el compromiso de seguir por los cauces legales, mientras Puigdemont aboga por un fantasmagórico Consejo de la República. Es legítimo para sus intereses particulares, pero no es leal a los intereses de todos.

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