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ANÁLISIS

Consecuencias de la internacionalización del 'procés'

JOAN CORTADELLAS

Consecuencias de la internacionalización del 'procés'

Enric Marín

El independentismo necesita ser pragmático, y la legitimidad solo llegará con un apoyo social y electoral creciente, sostenido e internacionalmente reconocido

La ya irreversible internacionalización judicial del conflicto democrático entre el Estado español y el soberanismo catalán ha pinchado la construcción de dos burbujas. En Madrid y en Barcelona. En Madrid ha pinchado el delirante relato de la rebelión. Aunque sería muy ingenuo pensar que ello propiciará alguna rectificación o modificación de la estrategia. Más bien todo lo contrario. Habrá más asfixia mediática y más insistencia en la criminalización del independentismo. El grosero intento de asociar los CDR al terrorismo va en esa dirección. Y la durísima pugna nacionalista por la hegemonía en el campo de la derecha española entre PP i Cs no permite intuir ningún escenario de diálogo antes de las próximas elecciones legislativas.  

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El pinchazo de la burbuja en Barcelona no es tan evidente, pero no es menos significativo. El posicionamiento de la judicatura alemana ha dado oxígeno al independentismo. Cierto. Pero la internacionalización judicial y mediática también ha contribuido a desinflar algunas ilusiones voluntaristas. Ha evidenciado, por ejemplo, que la opinión pública europea se siente incomodada por el autoritarismo institucional español. Pero eso no quiere decir que simpatice con la idea de la independencia de Catalunya. De momento, no.

Solución negociada

También ha ayudado a entender que la idea de la unilateralidad solo es fantasía. La solución será inevitablemente negociada y multilateral. Y quien más errores acumule en esta nueva fase del conflicto, más debilitado llegará a la negociación que más pronto o más tarde se producirá. Y, dicho sea de paso, la capacidad de reincidir en el error del Estado es insólitamente mayúscula. Entre otras razones, porque el planteamiento aznarista de partida (subordinar definitivamente Catalunya), partía de un diagnóstico desenfocado y sectario. Es esa tozuda insistencia en el error la que consigue minimizar los evidentes errores del independentismo.

Sea como sea, la estancia de Carles Puigdemont en Alemania o el exilio de Marta Rovira están ayudando a entender que las razones del soberanismo catalán no tendrán ningún valor operativo o transformador hasta que no sean perfectamente entendidas por la opinión pública internacional. Y la opinión pública internacional más nítidamente democrática no entiende ninguna estrategia unilateral. Particularmente, si no está sustentada por una mayoría social y electoral clara, amplia, incontestable.

Legitimidad

Si el independentismo no se quiere hacer trampas al solitario, necesita asumir que el 1-O fue un hecho histórico irreversible y un desafío imponente a los poderes del Estado, pero no un acto de legitimidad fundacional internacionalmente reconocido. Ahora mismo, la República catalana solo tiene entidad simbólica. Por eso mismo, la representación de la oposición entre pragmáticos y legitimistas carece de todo sentido real o estratégico. Pirotecnia táctica sin más recorrido.

Después del 155 y el 21-D, el independentismo necesita ser inteligentemente pragmático, y la legitimidad solo tendrá una fuente indiscutible: un apoyo social y electoral creciente, sostenido e internacionalmente reconocido. 

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