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IDEAS

En Rumanía los escolares estudian los cuentos de 'Nostalgia', de Mircea Cartarescu. Fue su primer libro narrativo y no pudo publicarse íntegro hasta 1993, después de sufrir la mutilación de la censura (salió en 1989, dos meses antes del fusilamiento de Ceausescu). En primero de esos cuentos y el más antiguo, 'El ruletista', habla de un tipo que se entrega (o se exilia) en cuerpo y alma a la literatura, una fantasía kafkiana en la que el autor se pintaba a sí mismo.

Atrás quedaba una obra poética relevante que tendría continuidad y se abría la perspectiva de una ejecutoria llena de sorpresas que los más adocenados relacionarán con los mestizajes e ironías especulares del posmodernismo pero que responde a una fecunda asimilación de la gran literatura europea de todas las épocas. Cartarescu no desdeña los experimentos literarios, pero solo si surgen espontáneamente de un proceso de escritura que, para él, tiene algo de hipnótico o sonambúlico, un algo que traslada al lector en libros fascinantes que no se parecen entre sí. 

Gracias a su impecable traductora española, Marian Ochoa de Eribe, esa movilidad imaginativa y estilística puede comprobarse en 'Lulú' (2011, aunque de 1994), los relatos de 'Las bellas extranjeras' (2013) o la apabullante 'Solenoide' (2017), una novela desenfrenada sobre la condición humana, es decir sobre el fracaso esencial, sobre la identidad vacilante, sobre el sentido mismo de dedicar la vida a buscar el sentido y la certeza de una eternidad vacía. Es un libro-caja de resonancia y un ejemplo de las muchas atmósferas que puede soportar la literatura, que es lenguaje al rojo vivo, en su descenso a la zona abisal de la existencia.

Eso, entre otras cosas, es lo que acaba de reconocer el jurado que le ha otorgado a Cartarescu el premio Formentor. Lo ha hecho en Buenos Aires, reunido en la casa que fue de Victoria Ocampo, donde nació la revista 'Sur' que publicó los grandes cuentos de Borges, otro de los referentes del escritor rumano. No siempre puede afirmarse que la concesión de un premio honra el arte literario y a quienes consagran su vida a esa exigente vocación, pero este sí es el caso. ¡Albricias!  

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