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Los cánones de belleza

El cuerpo enterrado

El cuerpo enterrado

Najat El Hachmi

Ella se quejaba de la grasa que la iba enterrando pero en realidad era la vida entera la que la iba hundiendo poco a poco

Odio esta panza, me dijo. Y con las dos manos agarraba aquel trozo de carne que le rodeaba la cintura, denso, pesado. Quería mostrarme la dimensión de su particular tragedia, pero en el abatimiento de aquel suspiro quejoso había mucho más que un anhelo estético o el deseo de cambiar su apariencia física. A fin y al cabo ella venía de un país donde las mujeres gordas todavía eran elogiadas, un país que hacía poco que había dejado atrás la miseria y la dificultad de acceder a los alimentos más básicos aunque la vigencia del canon de belleza adiposo y celulítico convivía con la incipiente preocupación de las más jovencitas para conseguir una figura más estilizada.

Las chicas más formadas de la familia, que habían ido a la universidad y estudiado, entre otras cosas, los fundamentos de la dietética y los pilares de la buena salud, habían empezado a hablar de hidratos y proteínas, grasas y calorías, todas palabras extranjeras que a la mujer de quien hablo le sonaban completamente incomprensibles. A ella le costaba entender todo aquel lenguaje y todavía no llevaba bastante tiempo en tierras occidentales para haberse empapado de la cultura de control del cuerpo que en ellas impera, pero de repente me dijo aquello: "Odio esta panza"

Yo, que conocía sus circunstancias vitales, quería interpretar que detrás de aquellas palabras había un lamento más profundo. La había visto de jovencita, en su boda con un primo, una historia como tantas otras. Recuerdo sus ojos amedrentados y el rostro enterrado bajo varias capas de maquillaje que la vestidora de novias le había esparcido por la cara. Al verla salir del coche para poner los pies en la casa de los suegros, su nuevo hogar, conocido porque ellos eran familia, me pareció que todo le pesaba, el traje blanco cargado de tules y pedrería, los potingues en la piel, la henna roja hasta las muñecas, el recogido complicado del pelo, que todo el mundo le pidiera que sonriera ante las cámaras que la fotografiaban a todas horas.

Una vida pesada

Sí, ese día estaba más asustada que otra cosa pero no hubiera imaginado que, unos años después, su vida sería tan pesada como la barriga de la que se quejaba. Era cierto que había ido criando carnes, primero con los embarazos pero ahora los niños eran mayores y ella se iba ensanchando y ensanchando cada vez más. Se había convertido en una masa amorfa. Muchas amigas, vecinas y conocidas con el mismo origen, una biografía similar, también habían empezado a engordar sin parar. Unas decían que si eran los anticonceptivos, las otras que el malestar de la vida en general. La médica del ambulatorio que el problema era la dieta a base de harinas refinadas, a vosotros el dulce os gusta mucho y eso tarde o temprano os traerá graves problemas de salud. Las chicas jóvenes les reprochaban la falta de ejercicio y aunque montaron un grupo que salía cada tarde a caminar después de dejar a los niños en la escuela, lo cierto es que sus carnes lozanas, otrora motivo de orgullo, no se dejaban domesticar y temblaban bajo las telas que las cubrían.

 Ella se quejaba de la grasa que la iba enterrando pero en realidad era la vida entera la que la iba hundiendo poco a poco. El alma a los pies se le había caído poco después de la boda, no tardó mucho en darse cuenta de que aquel primo, hijo de los tíos queridos, tenía un talante infantil y era poco probable que se entendieran a ningún nivel. Le dirían que era afortunada porque era de buen carácter y no le pegaba ni le gritaba pero si hubieran visto su cara de bobo y la poca comprensión que tenía de los hechos más simples de la vida, no la habrían envidiado tanto.

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¿Cómo haces para dormir cada noche con alguien a quien no le encuentras ni una sola virtud? ¿Cómo se soporta la intimidad física con alguien con quien no se puede compartir ninguna otra intimidad? Contarte cosas, decirte palabras agradables como cantan las canciones de amor, que te halaguen o te miren con un poco de interés. ¿Cómo no sentirte violada cada noche cuando se te pone encima de forma mecánica y ni de lejos se le pase por la cabeza pensar en tu placer? Pero en su lengua no existe la palabra violación, solo el concepto de estar "estropeada" que, por supuesto, se refiere al estado en que queda una mujer después de haberla sufrido y no hace nunca referencia al violador.

Violador tampoco existe en su idioma. Menos aún si se trata del marido y forma parte de tus obligaciones dejar que disfrute de tu cuerpo. En estas condiciones, ¿quién no se adentraría hasta las profundidades de un acordeón de carnes que se repliegan sobre sí mismas y que, como dice Roxane Gay en 'Hambre', sirven para construir una defensa contra el mundo? La queja de aquella mujer no era estética, era un grito de socorro desde la fortaleza en la que había convertido su cuerpo subversivo, un cuerpo que parecía habérsela tragado.

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