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EL ARTÍCULO Y LA ARTÍCULA

Uno de los mandamientos a los que más caso intento hacer es el que dice: «No hablarás de ti mismo en un artículo», pero hoy quiero contarles algo que me pasaba por la cabeza hasta hace solo cuatro años. Tiene que ver con Stephen Hawking y me parece interesante contarlo hoy aquí, cuando la noticia de su muerte es todavía tan reciente. Refleja algo de mí mismo, pero, sobre todo, de cada uno de nosotros.

Verán, a mi me gusta mucho la física teórica. Incluso he escrito un libro narrando la historia de esta maravillosa rama de la ciencia, desde Tales de Mileto hasta los físicos actuales. A pesar de tener de la obra de Hawking un conocimiento algo mayor del que tiene la inmensa mayoría de los humanos, lo cierto es que no sé nada comparado con los físicos de verdad.

Si hace cuatro años me hubieran ustedes preguntado por Stephen Hawking, sin duda les habría dicho que se trataba de un físico sobrevalorado. Esa era mi respuesta estándar. Luego elaboraba un poco mi discurso, lanzando un par de lugares comunes, afirmando, por ejemplo, que si no hubiera tenido su triste problema de salud sería considerado simplemente un gran físico, pero no un genio, como todo el mundo afirmaba. Tras decir eso, yo me quedaba tan ancho.

Sin embargo, cuando escribía el libro del que les he hablado, tuve que meterme más a fondo en la cuestión y vi, sorprendido, que mi afirmación era claramente un prejuicio idiota. Hawking fue un físico de primera división. Y punto. No es algo discutible. No es una opinión; es un hecho.

Si hace cuatro 
años
 me hubieran
preguntado por
el físico, les habría dicho que estaba
sobrevalorado

Desde ese momento, me juré a mi mismo no decir de ningún profesional que estaba sobrevalorado. Pensé que, si en una disciplina que yo controlaba podía ser tan estúpidamente prejuicioso, ¿en que otros lamentables prejuicios podría caer en temas de los que sabía muchísimo menos?

Miramos las redes sociales y encontramos afirmaciones acerca de que tal director de cine está sobrevalorado, escritas por personas que no tienen ni la más remota idea de cine. Leemos que determinado grupo de música no es para tanto, y quien dice eso probablemente no sabe diferenciar una tonalidad de sol mayor de una en la menor.

Ojalá les sirva la enseñanza que a mí me dio Stephen Hawking sin él ni siquiera saberlo. Todos podemos ponerla en práctica y las cosas serían mucho mejor, más justas, menos hirientes. Creo, con total sinceridad, que todos deberíamos dejar de juzgar alegremente a los que han hecho cosas que nosotros, ni en nuestros más enloquecidos y vanidosos sueños, podríamos llegar a conseguir. 

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