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ANÁLISIS

Uno, dos, probando, probando...

Rosa Massagué

En las cuatro horas de entrevista condescendiente que le hizo Oliver Stone a Vladímir Putin, este aparece como un político de gran frialdad, pocas palabras, escasas referencias ideológicas, ninguna empatía y en los pocos momentos en que aparece el hombre y no el presidente, lo hace con bromas desagradables y machistas sobre las mujeres y los homosexuales.

Esta figura que el próximo domingo sumará un mandato de otros cuatro años a los 18 que ya lleva en el poder en Rusia, trasmitía la impresión de que donde mejor se maneja es en las zonas más oscuras del poder. Haber sido agente del KGB debe enseñar muchas cosas y una de ellas es la de saber aprovechar en beneficio propio la vulnerabilidad del contrincante. Ya lo decía Maquiavelo, pero debe quedar grabado de manera indeleble en quienes se movieron por los pasillos y despachos del temible Lubianka moscovita durante la Unión Soviética.

Usada por un político que gobierna un país con serios problemas económicos de carácter estructural, dedicado prácticamente al ‘monopolio’ del gas y el petróleo, y que aspira a recuperar el Estado fuerte de un pasado, esta táctica es un arma barata que permite debilitar a las democracias. Y en esas estamos.

La anexión de Crimea a Rusia hace cuatro años, los conflictos congelados -lo que no quiere decir que no haya víctimas- en Ucrania, o en Georgia y Moldavia; los apoyos directos o indirectos a los varios populismos europeos en democracias consolidadas y a las derivas netamente autoritarias en otros países de la UE son actuaciones que, aprovechando las debilidades de la UE y de sus miembros, permiten a Moscú probar hasta dónde llegan las reacciones de  las democracias occidentales. 

EEUU, con un presidente Trump reacio a criticar a Rusia por razones inconfesadas (miembros de su campaña electoral mantuvieron relaciones con personajes próximos a Putin), ha tenido que doblegarse a la realidad de las injerencias rusas en las elecciones que ganó. No solo. Ha habido otros ciberataques, en este caso contra sistemas operativos de organismos y compañías de la red eléctrica.

El envenenamiento del doble agente Serguéi Skripal y su hija pone también al Gobierno británico, y en particular a la primera ministra Theresa May, ante sus debilidades. Desde que en los años 90 del pasado siglo el Reino Unido relajó las normas para convertir la City de Londres en el gran mercado financiero, ni se sabe de quién es ni de dónde procede el dinero que circula por allí. Oligarcas y mafiosos rusos se mueven a sus anchas y han convertido la capital británica en su hogar alterando completamente, por ejemplo, el mercado inmobiliario de la ciudad. May ha respondido al intento de asesinato de los Skripal expulsando a diplomáticos rusos, pero es demasiado débil para tomar medidas donde hace daño de verdad, contra los multimillonarios próximos a Putin. De momento la primera ministra ha conseguido la solidaridad de los grandes países europeos. Mientras, el ‘zar’ ruso sigue en la fase de ‘uno, dos, probando, probando…’

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