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Análisis

El grupo teatral  La Fura dels Baus  pasrtipa en la inauguración de los Juegos Olímpicos Barcelona 1992.

JULIO CARBO

Barcelona: Hay motivo para la preocupación

Jordi Alberich

Hoy, la búsqueda de un Estado propio puede hacernos perder una posición de privilegio

Barcelona se está viendo sacudida por un creciente temor a la pérdida de relevancia. De repente, las élites políticas y económicas parecen despertar de un dulce sueño, y coinciden en situar a Ada Colau como origen único del desastre que algunos auguran para la ciudad y que, de confirmarse y dado su peso en el conjunto de Catalunya, arrastraría a todo el país.

No pretendo convertirme en defensor de un gobierno municipal del que me aleja una exagerada política de gestos que pretende, supongo, disimular la incapacidad para dar cuerpo a sus pretensiones por construir un mundo mejor. Por ejemplo, me impacta como prácticamente no se ha celebrado el XXV aniversario de los JJOO porqué hacerlo conllevaba reconocer el papel crucial de Samaranch u otras personas a las que se pretende borrar de la historia.

O cómo la alcaldesa se compromete solemnemente en la celebración de un referéndum para, al cabo de días, manifestar todo su dolor ante la declaración del Parlament. ¿Es que, acaso, el único fin del referéndum no era la declaración? O cómo, hace pocos días, la retirada de una estatua, a partir de una lectura sesgada de la historia, se transforma en un gran acto de reafirmación de un proyecto político.

Pero, más allá de las carencias del gobierno municipal, querría referirme a los dos hechos que, considero, más influyen en la desorientación actual. De una parte, el 'procés'. No es un detalle menor cómo, hace años, Barcelona dejó de ser un actor político con voz propia, para convertirse en una pieza más del movimiento independentista. La primera expresión de Xavier Trias tras perder las elecciones resulta significativa: lo lamento por ti, Presidente, refiriéndose a cómo la pérdida de Barcelona debilitaba el proyecto independentista de Artur Mas.

De otra, una incomprensible autocomplacencia de las élites políticas y empresariales. A ello me he referido desde hace años, sorprendido por la ausencia del mínimo cuestionamiento de una Barcelona que, en muy buena medida, vivía de la inercia de tiempos en que sí existía un proyecto de ciudad, se adoptaban decisiones complejas, y se alcanzaban logros relevantes.

Tengo que retroceder, como mínimo, a los años de Jordi Hereu para identificar logros como el Mobile Congress, o decisiones propias de un lider político como la construcción del túnel del AVE por debajo de la Sagrada Familia. Desde entonces, han predominado los gestos y la retórica.

A partir de los JJOO, y de la mano de unos dirigentes, públicos y privados, capaces y con visión a largo plazo, Barcelona supo salir de la mediocridad hasta situarse entre las ciudades de referencia en el mundo.

Y lo consiguió sin necesidad de un Estado propio. Hoy, curiosamente, la búsqueda de un Estado propio puede hacernos perder esa posición de privilegio. Hay motivo para la preocupación.

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